Un mes en primera línea sin tirar la toalla

Se mantienen en la zona cero desde que estalló la pandemia, pero aseguran que día a día ganan fuerzas

Cuando se decretó el estado de alarma, por obligación, devoción o vocación, se pusieron en primera línea de fuego al lado de los colectivos más vulnerables de la crisis del coronavirus. Un mes después, y con el riesgo de contagio presente todos y cada uno de los días, lejos de tirar la toalla, se reafirman en su labor sanitaria, humanitaria o altruista. Los héroes anónimos se crecen ante la adversidad.

1. JOSÉ MANUEL FANDIÑO

JEFE DE URGENCIAS EN EL CHUAC

Lleva un mes al pie del cañón. «Todos los días voy a hospital». Fue el peor mes de la crisis, pero advierte de que lo que se avecina tampoco va a ser fácil. «Tenemos la sensación de que hay poca población inmunizada». De ahí que considere fundamental realizar test masivos, «pero no los que nos mandaron», porque no discriminan a los inmunes. José Manuel Fandiño, jefe de Urgencias en el Chuac, avisa de que esto va para rato, tanto para la población como para los sanitarios. Por eso, pese a las interminables jornadas de trabajo, nadie en su equipo piensa en librar ni en las vacaciones. «No nos planteamos nada de eso porque seguimos a la expectativa. Ni siquiera creo que haya fiestas de San Xoán». No es fácil para nadie, pero tampoco para ellos, pese a que el personal de emergencias está preparado para situaciones de este tipo. «Tenemos apoyo psicológico para los profesionales, se ha habilitado un teléfono al que pueden llamar». Algunos cayeron contagiados. «Tenemos compañeros que dieron positivo y que ahora ya están de vuelta, y los que no pueden, llaman seguido para que se les haga el test, porque quieren volver a trabajar. Estamos muy orgullosos», admite. Y también de la población que les aplaude a las ocho y les hace donaciones. «Eso anima mucho, un diez para todos ellos».

2. INÉS RÍOS

TRABAJADORA DE AYUDA A DOMICILIO

Inés Ríos trabaja en una empresa de ayuda a domicilio que opera en Santiago, y desde el primer día fue consciente de la responsabilidad que tenía para con los mayores que cuida. Ni se quejaba hace un mes ni lo hace ahora. Consiguieron material de protección, aunque siguen reutilizando las mascarillas, porque escasean. Los primeros días, tuvieron bajas de usuarios a los que cuidaban las familias confinadas, pero luego, se sumaron algunas altas. «Non sei se eran dos centros de día que pecharon o da lista de agarda», dice. Al menos, ni ella ni sus compañeras se contagiaron. «Nós seguimos igual», dice resignada. Donde sí nota el desgaste es en los mayores a los que atienden. «Ao principio non o crían moito e dicían que non era para tanto, pero agora están concienciados e non saen da casa». Lo llevan regular. Al vivir en un entorno urbano, tuvieron que renunciar a sus costumbres. «Algúns aínda saían para dar un paseo ou tomar o café cos amigos, pero agora non poden nin ir ao súper, fágolles eu a compra». Tienen más de 80 y de 90 años, «e están sós». Los que menos se enteran son los que están encamados. «Preguntan por que levamos as máscaras, pero a súa vida non cambiou moito». Ellos ya estaban confinados.

3. PATRICIA FERNÁNDEZ

TÉCNICA SANITARIA DEL HOSPITAL DE OURENSE

Patricia Fernández, técnica sanitaria del Hospital Universitario de Ourense, adelantó hace un mes lo que iba a ocurrir con respecto al pico fuerte de contagios en su trabajo. Entonces aseguraba que llegaría a finales de marzo y con él, las horas extra y los dobles turnos, para proteger y cuidar a esos pacientes. No se equivocó. «Se cumplió lo que esperábamos y, claro, vivimos unas semanas agotadoras física y mentalmente, en las que el nivel de estrés y de agobio aumentó muchísimo», asume. Ella pasó de estar en el área de traumatología a ir rotando debido a la reorganización del hospital. «He estado en la zona de COVID-19 y también en urgencias. Es duro, no hay que engañarse, pero el equipo humano con el que trabajas lo mejora todo. Aquí hay un gran compañerismo y eso te levanta cuando piensas en caer», explica. Patricia cree que vivir la lucha contra el coronavirus desde dentro de un centro sanitario la ha cambiado por completo y la ha hecho crecer tanto a nivel personal como profesional: «Todos estábamos preparados teóricamente para una situación así, pero nunca piensas que en la práctica sea posible que llegue una pandemia que paralice el mundo. No sabíamos hasta donde podíamos llegar hasta que hemos tenido que darlo todo sí o sí». Es optimista con la situación actual y está tranquila. Dice que lo peor ya pasó y que la organización del CHUO es la correcta.

4. VANESA SÁNCHEZ

TRABAJADORA EN UNA RESIDENCIA DE MAYORES

«¡Ahí estamos!», resume Vanesa Sánchez su entereza un mes después de que se detectaran los primeros positivos en la residencia de mayores DomusVi San Lázaro, en Santiago, y que varias de sus compañeras acabaran también contagiadas. Ella, que había denunciado en múltiples ocasiones las carencias con las que trabajaban y el desamparo de algunos ancianos sin que nadie le escuchase, asiste ahora atónita al desfile de políticos que se echan las manos a la cabeza. «Nos tienen como ratoneras -se queja-. Si en una familia de cuatro hay dos que dan positivo, ¿cómo no va a haber positivos en una residencia con 150 mayores?» Por eso, por su salud mental y para poder seguir yendo casa noche a su trabajo, que es su objetivo, no sigue mucho las noticas ni las redes sociales. Lo único que le importa es el bienestar de su familia -convive con su marido y a los demás parientes no los ve para no ponerlos en peligro- y el de los ancianos. «Ellos sí tienen miedo, y lo pasaron muy mal los que trasladaron a Porta do Camiño, porque esta es su casa, los sacaron de su hogar. Mi trabajo es darles la mayor calidad de vida en el fin de sus días, y tengo la conciencia tranquila. Por eso duermo bien, pese a todo».

5. SUSO SILVA

POLICÍA LOCAL DE CULLEREDO

Con el paso de los días, la mascarilla se ha incorporado de forma permanente a su indumentaria de policía. «Tamén temos EPIs para entrar nalgunha casa, e pantallas para os controis», señala Suso Silva, veterano agente del cuerpo local de Culleredo. Ha constatado que en el estado de alarma, apenas se han relajado «os que se tomaron isto en serio». Y repite: «Os mellores, os nenos, os peores, moitos maiores, precisamente os máis vulnerables». Ya le ha tocado presentar más de una denuncia. Lo ilustra con este caso: «Paramos un coche nun control e responderon que viñan da casa dun amigo que se aburría». Continúa viendo a la misma gente comprar tres o cuatro veces al día y perros que parecen entrenar para una maratón. «Pero o 90 % da xente segue aguantando». Todos en la Policía de Culleredo carecen de síntomas, en parte por las extremas medidas que toma el Ayuntamiento. «Todos os días levan os coches a desinfectar, a unha empresa, Protarmac, que se ofreceu a facelo gratuitamente. Esta pandemia tamén nos deixa ver cousas boas», concluye Suso Silva.

6. FRAN GÓMEZ

VOLUNTARIO QUE AYUDA A MAYORES

Un mes después del inicio del estado de alarma, el incipiente servicio de voluntariado que se puso en marcha en Rianxo para prestar ayuda a personas que, por su situación, no pueden salir a adquirir productos de primera necesidad, se ha ampliado y consolidado. Apenas dos personas se prestaron en un primer momento para echar una mano y ahora son seis. Fran Gómez es uno de los jóvenes rianxeiros que colabora como voluntario desde el principio desempeñando una labor que ha ido incrementando su ámbito de actuación: «Basicamente, facémoslle a compra á xente, imos á farmacia e acompañamos ao médico a persoas maiores. Tamén participamos no reparto de alimentos a veciños sen recursos». Se han ganado la confianza de los usuarios: «A xente está moi agradecida de que lles fagamos o favor. Moitos deles tiveron que acudir dun xeito ou outro aos servizos sociais en algún momento e están afeitos a recibir axuda». Los beneficiarios de este voluntario son, sobre todo, personas mayores que viven solas, un colectivo especialmente vulnerable que podrá seguir contando con ayuda: «Nunca se falou de canto ía durar este servizo, durará ata que faga falta».

7. NICO SOBRADO

LIMPIADOR DEL CHOP

Nico Sobrado, limpiador en el Hospital Provincial de Pontevedra, responde con un animoso «muy bien» cuando se le pregunta cómo le van las cosas. Cuenta que es más fácil trabajar ahora que cuando empezó la crisis del coronavirus. «Al principio, lógicamente, había más caos, ahora mismo no me resulta difícil trabajar. Hay medios de protección y, ante un caso sospechoso de coronavirus, se aplica inmediatamente el protocolo», dice. Explica que, aunque su hospital no es el referente en Pontevedra para los pacientes del COVID-19, él y sus compañeros continúan muy centrados en la limpieza de superficies, desde los pomos de las puertas a los asientos pasando por el último rincón de un pasamanos. Señala también que la empresa reforzó los turnos y que él, ahora, va tranquilo a trabajar. Cuando cuelga el uniforme, vuelve a casa y se confina en solitario en su piso de Pontevedra. «No he vuelto a ver a mis padres para evitar correr riesgos», indica. Luego, agradece los gestos de solidaridad vecinal que percibe cuando viene o va al trabajo. «La verdad es que la gente que sabe que trabajo en el hospital reaccionó muy bien, dándome ánimo. Estoy contento porque, dentro de la gravedad de todo esto, en Pontevedra no vivimos la saturación de los hospitales, estamos siendo casi como una burbuja», concluye.

8. DELIA CID

CARNICERA DE UN SUPERMERCADO

La situación en la carnicería de Ourense en la que trabaja Delia se ha ido calmando en el último mes. «La gente está más tranquila y eso se nota mucho en su forma de actuar cuando vienen al súper. Cumplen las medidas de seguridad y no hacen la compra a lo loco», explica. Aún así, hay algo que a esta ourensana le sigue llamando la atención después de un mes de confinamiento: «Todavía hay clientes que vienen cada día con la excusa de comprar un par de alimentos, y eso no puede ser. Creo que debe de existir alguna forma de vigilar que esto no pase». Está claro que cuanta más gente haya en el establecimiento, mayor será el nivel de exposición a un posible contagio y eso resulta preocupante para los profesionales de este sector. «Es verdad que ahora todo el personal tenemos mascarilla y que las medidas de prevención se han extremado, pero toda precaución es poca y considero que se necesita más», relata. En casa de Delia, junto a su marido y a sus tres hijos, la situación también está más calmada. «Tratamos de evitar el tema porque desde luego agobia estar siempre pensando y hablando de lo mismo. Nos llevamos muy bien y al menos tenemos la suerte de estar juntos», admite. Ella y su familia se encuentran bien y con buena salud, así que, dice, eso es lo más importante, «y tarde o temprano esto pasará».

9. JOSÉ MANUEL FRANZA

TAXISTA QUE TRASLADA GRATIS A SANITARIOS

Aunque intente abstraerse, el taxista José Manuel Franza traslada a diario historias que le dejan con mal cuerpo. Sanitarios, adictos y familias que van a enterrar a sus familiares son últimamente sus clientes más frecuentes. «Llevé a una mujer que iba a enterrar a su marido con su hijo en mi coche, que tiene siete plazas, y la nuera tuvo que coger otro taxi. Escuchas un montón de cosas, y eso te afecta... Hacer un trayecto así de hora y media con esa familia es duro», indica el conductor, que continúa trasladando gratuitamente a sanitarios y, de hecho, hace unos días que llevó a dos al Hospital Gil Casares para hacerse el test. Si bien los problemas de escasez de material de protección y desinfectante se van resolviendo, no ocurre lo mismo con los económicos. «A los que tenemos empleados nos han denegado el ERTE. No podemos acogernos porque trabajamos por módulos, pero sí que podemos solicitarlo por el estado de alarma. Aún así, los que no se deniegan están sujetos a revisión, y es muy probable que los denieguen también. Además, muchos taxistas han perdido días de trabajo porque para pedirlo tenían que estar inactivos, y al no concederlo se vieron obligados a reincorporarse perdiendo esos ingresos», lamenta.

10. SILVIA RUBIANES

VOLUNTARIA EN EL COMEDOR DE CÁRITAS

A Silvia Rubianes la crisis del coronavirus la cogió recién llegada al comedor social de Cáritas de Arousa (Vilagarcía). Llevaba dos meses colaborando con la entidad benéfica y la pandemia no le hizo dar un paso atrás, al contrario. De ir solo un día a la semana ha pasado a hacerlo dos, y se queda con ganas de más. «Hago lo que puedo», dice en tono casi de disculpa. Estas semanas le han demostrado que el trabajo de los voluntarios es más necesario que nunca, y nunca es suficiente. Sí, en el comedor de Cáritas la gente encuentra un plato de comida caliente y puede llevarse una bolsa bien provista de fruta, galletas y lácteos, pero, «¿y después qué?», se pregunta. En el comedor social se guardan las distancias, se trabaja con guantes y mascarillas, se desinfecta el mobiliario..., pero al salir de allí, Silvia Rubianes observa que los usuarios no se recogen en sus casas ni toman las medidas necesarias para evitar contagios. «Me gustaría que al salir de aquí tuvieran un seguimiento, hay gente joven, incluso tenemos a una chica embarazada. Me dicen que soy una utópica, pero la esperanza es lo último que se pierde». Ella no lo hace.

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