El prior de Sobrado: «Más nos vale que el virus no entre, hay gente mayor y algunos enfermos»

El monasterio cerró dos días antes del estado de alarma.«Estamos asintomáticos», avanza el religioso


Sobrado / La voz

Dos días antes de que el presidente Pedro Sánchez anunciase el estado de alarma, en el monasterio de Sobrado ya se había colgado el cartel de prohibido el paso. Los monjes, una comunidad de 14 hermanos, algunos octogenarios, otros con serios achaques, consideraron que la ruta xacobea que hace parada en su albergue, era un más que posible vehículo del coronavirus. «Tuvimos que cancelar un retiro previsto para ese fin de semana con más de 60 personas», explica el padre prior de Sobrado, Carlos Gutiérrez Cuartango, quien avanza que, de momento, están tranquilos porque todos parecen asintomáticos. «Ni un catarro, ni una tos… todo en orden», añade. «Pero debemos evitar que el virus entre porque sería un desastre -relata el prior-, el mayor tiene 87 años, hay algún octogenario más, otro hermano ha sufrido un ictus… Tenemos que tomar todas las precauciones».

El hermano Henrique es quien se encarga de salir a la farmacia o realizar algún trámite en el exterior del monasterio, tomando siempre todas las precauciones. Pero las salidas son puntuales porque los proveedores dejan los encargos en la puerta.

-¿Y en la misa? ¿Toman distancias?

-En el coro no, es muy pequeño. La única medida que hemos previsto es no pasarnos el cáliz durante la celebración, pero distancias no.

El enclaustramiento forzoso ha llevado a los residentes de este edificio del siglo X a una situación paradójica. Por un lado, están acusando de forma seria la falta de ingresos que les proporcionan los peregrinos que duermen en este albergue con vistas al claustro, así como los usuarios de la hospedería, una especie de hotel para personas que buscan un momento de parón y silencio en sus vidas. «Pero ahora ya no disponemos de esos recursos, hasta la tienda de productos está cerrada, debemos tirar de ahorros», señala Gutiérrez Cuartango, quien da por perdidos los emolumentos de la Semana Santa, uno de los momentos más fuertes del monasterio. Y aquí viene la paradoja: «Pero la verdad, por otro lado, ya tenía ganas de vivir una Semana Santa de recogimiento, en ese sentido estamos ilusionados de poder vivirla con este confinamiento». Y, a diferencia del común de la población de las ciudades, aquí no hay precisamente problemas de espacio. «No tenemos la sensación de estar encerrados, es un monasterio muy grande, con una zona exterior amplia…».

Mensaje del abad general

Quizá el peor momento fue el día que tomaron la decisión de cerrar. «Había algún peregrino y no le pudimos acoger, pero tenemos que preservar la salud de la comunidad», añade el religioso que, tras concluir la entrevista, remite por Whatsapp al periodista un documento que han recibido del abad general de la Orden Cisterciense, el suizo Mauro Lepori, escrito para interpretar estos días de coronavirus. «Esta parada impuesta por el contagio y por las autoridades se presenta y se experimenta como un mal necesario. El hombre contemporáneo, de hecho, ya no sabe cómo detenerse. Solo se detiene si es detenido. Detenerse libremente se ha convertido en algo casi imposible en la cultura occidental actual, que además está globalizada. Ni siquiera para las vacaciones se detiene uno realmente», señala Lepori.

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