Iba a adquirir el billete que me llevaría a tu lado para siempre, cuando me detuvo un atasco de obligaciones cerca de un semáforo de seriedad.
Creía que el tren esperaría, como en otras ocasiones, pues la suerte había sido benévola y me había dado una segunda oportunidad.
Sin embargo, esta vez el jefe de estación dio la salida y la locomotora se puso en camino bajo un arco iris de colores que conducía a un túnel de nuevas emociones.
Enfadado con el destino, que se había permitido no esperarme, llegué al andén.
No quedaba ni siquiera el aroma de piel para darme la bienvenida.
Contemplé la chimenea humeante que se desvanecía en el infinito mientras desprendía humo de desilusiones, de promesas no cumplidas, de esperas sin final.
Iluso, pensé que habrías comprado un billete, de ida y vuelta. No dudaba de que pronto regresarías a mis brazos.
Insolente y altanero con la vida que tantas cosas buenas me había regalado sin pedir nada a cambio, me alejé de aquel andén.
Nunca volví a recibir tus besos y caricias, porque mi necedad me impidió que te dijera lo mucho que te amaba y que todo lo que hacía tenía algún sentido porque tú estabas a mi lado. Y ahora tengo que vivir en una estación vacía, arrastrándome por raíles que conducen a vías muertas. Porque los trenes que se dejan escapar, jamás vuelven.