«Era nuestro deber y punto»

Uno de los trabajadores del equipo de contención tras el accidente del reactor asume su papel en el desastre: «Si no lo hacíamos nosotros, ¿quién lo iba a hacer?»


Veintitrés años después de la pesadilla que conmovió al mundo, Sergei Kramarenko (Chinguirlau, Kazajistán, 1958) pasea por la concurrida plaza de la Independencia como un ciudadano más de Kiev. No cree que sea un héroe, pero reclama para los llamados liquidadores del desastre nuclear de Chernóbil «memoria y respeto».

-¿Se han olvidado de ustedes? ¿Siente que no se ha reconocido su labor?

-Pues hay de todo. Mucha gente ha quedado satisfecha, pero otra no. Era nuestro deber y punto. Si no lo hacíamos nosotros, ¿quién lo iba a hacer? Se necesitaban profesionales y no todo el mundo estaba cualificado para trabajar allí.

-¿Pero su Gobierno no prometía casas, coches, dinero... a los liquidadores y luego se quedaba todo en una medalla?

-La Unión Soviética no prometía nada. Al menos en mi caso y en los que conozco. Todo fue muy rápido y no había tiempo para promesas.

-¿Cuándo empezó a trabajar en la zona?

-En septiembre del 86. Vivía en Kiev.

-¿Qué tareas hacía como liquidador?

-Construíamos puntos sanitarios para el personal. Estábamos al lado de la central, aunque no necesariamente los más altos niveles de radiación estaban cerca del reactor número 4. A varios kilómetros de allí, los dosímetros marcaban registros nunca vistos. ¡Se volvían locos! Allí solo podíamos trabajar diez minutos al día como máximo.

-¿Era consciente del peligro que estaba corriendo allí?

-Claro. Yo era un especialista y sabía lo que estaba ocurriendo, pero era mi obligación. Por aquel entonces, el peligro nuclear estaba muy presente en las escuelas, en las fábricas... Constantemente instruían a la población sobre cómo afrontar un ataque nuclear. Estábamos en plena guerra fría.

-Parece que las centrales se construían de una manera apresurada, sin los controles de seguridad necesarios.

-[Sorprendido]. No, no, no... El accidente se debió a un error humano. La dirección de la central decidió arriesgar por que así ellos obtendrían ciertos beneficios y privilegios.

-¿Cree que, si el accidente se produjera hoy en día, la gente respondería de una manera tan heroica como lo hizo entonces?

-No [muy serio].

-Entonces, mucha gente fue obligada.

-Muchos se negaron a trabajar allí y no les pasó nada. Vino gente de toda la URSS y se gastó muchísimo dinero. Construimos muchos edificios y naves con una radiación increíblemente alta. Muchas de esas construcciones siguen aún en pie y son muy contaminantes. Espero que no haya ido por allí en su visita a la zona... [sonríe].

-Usted tendrá amigos o conocidos que hayan fallecido a consecuencia del accidente.

-[Muy serio]. Sí, muchos. Siento mucho sus muertes y sus sufrimientos y el de sus familias. Otros siguen vivos, pero nunca se sabe cómo van a revelarse los efectos de la radiactividad. Seguro que hicimos algunas cosas mal, pero la situación era completamente nueva para nosotros. Nunca el mundo había visto nada parecido; y el que hace primero el camino tiene más posibilidades de equivocarse.

-¿Qué piensa de la energía nuclear?

-No hay alternativas. El petróleo desaparecerá. Hay que recordar que la energía nuclear nació para la guerra. Los japoneses saben algo de eso, desgraciadamente. Chernóbil fue el principal productor del plutonio necesario para abastecer a los misiles nucleares de la antigua Unión Soviética. El diseño de los reactores de la central era más apropiado para usos militares, aunque allí se generaba una cantidad enorme de energía para uso civil.

-¿Y eso pudo haber influido en que se desencadenase el desastre de abril de 1986?

-El accidente se produjo por unas pruebas en la turbina, no en el reactor. Cuando la central empezó a funcionar, nos decían que era tan segura que se podría construir en medio de la plaza Roja de Moscú. Gracias a Dios que no fue así [sonríe].

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