Dulce sombra

JUANCHO MARTÍNEZ

SOCIEDAD

MEDIO FERRADO

15 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

EL PÚBLICO lo cree y los psiquiatras lo confirman: la cantidad de luz solar que recibimos influye en la incidencia de la depresión. Movida por este principio, una diligente reportera se dirige a la Serra do Xistral, que es, al parecer, la zona menos soleada de Galicia, en busca de ciudadanos deprimidos. Y lo que encuentra es que a quien más y a quien menos le duele un poco la bisagra, o sea, os cadrís , porque el trabajo es duro, pero no hay mucha depresión -por suerte-, ni al porquiño le echan nada de colesterol. Cuando los expertos repiten que la depresión es un mal del siglo XXI nos dicen, en el fondo, que se trata de una enfermedad cultural. Y que los estados de ánimo que la depresión se lleva por delante tienen mucho que ver con nuestros esquemas aprendidos. Así, para la mayoría de las mentes occidentales, la felicidad y el paraíso están en una playa soleada con palmeras y piñas coladas. Nos vamos de vacaciones al sol y trabajamos a la sombra de un fluorescente. Como si Verlaine nos hubiera maldito, cada vez que oímos los violones del otoño nos entra el langueur monotone y venga a llorar y a echarse al Prozac. Pues no, señores. Qué peor depresión que la de torrarse al sol sin una sombra. Qué lujo habrá que iguale a nuestros bosques de galería, que a tanto coste quisieron imitar los jardineros italianos. Qué paisaje más alegre que el del otoño en Muras, explosión gloriosa de verdes, amarillos y ocres, al pie del Xistral.