Pontevedra tiene el barrio antiguo más bonito de Galicia. La afirmación es desmadrada y puede molestar a los susceptibles de otras ciudades-monumento. Pero qué se le va a hacer, hay cosas bonitas que no aparecen en las guías y comer moras en el mismo corazón de Pontevedra, a nada de la Ferrería, es una de ellas. Fue accidental (o no) pasar por aquel recoveco. El recorrido había comenzado cuatro horas antes en la calle de La Tablada con rumbo al Museo Provincial. La ciudad celebraba el San Roque y la Peregrina; festivo a medias, goce y disfrute de la peatonalización, definitivamente buena, trajín de la gente que trabaja y de los que pronto volverán a trabajar, mucho ambiente en la calle y amenaza de calor. Había que resguardarse. A la fresca, en la primera sala del Museo, irrumpe la piel de gallina (luego se leería: «Las grandes obras nunca se explican, nos conmocionan», una frase de Sábato elegida por la comisaria de la Bienal, María de Corral, para cerrar el catálogo de este año). Así que conmoción en el Museo Provincial, a la vuelta de un muro, después de las figuras egipcias de respondientes funerarios y de los vasos de vidrio romano. Allí, en aquella vuelta, en una salita apartada que parecía una cripta, protegidos por un cristal sobre un fondo de tela granate, lucen nuestros tesoros de oro celta, el torques Arteaga, la gargantilla de tiras, la peineta de la Edad de Bronce, los brazaletes de Caldas... Pasmo total. No se puede decir más. Hay que verlos. Sin guía ni grandes conocimientos de arte, deambulando, impresionan la colección de azabaches, un olifante de marfil de Sierra Leona, unas porcelanas de Wedgwood y Capodimonte, un cuadro de la escuela de El Greco, misteriosas tablas del siglo XV, la cámara de la Numancia y uno de Zurbarán. Pero faltaba lo mejor, la conmoción definitiva. Faltaba Castelao, las pinturas coloreadas de Castelao. «Técnica mixta», decía la ficha. Sabe Dios. Lo que está claro es que allí se guarda otro tesoro. Un tesoro de los más grandes. Qué manera de dibujar, y qué colores, colores como de pinturas japonesas, algo excepcional. Merecería arrodillarse, o hacer el pino, algo, pero a veces la vergüenza impide hacer lo que uno debe. Visto Castelao ya no se puede seguir. Toca la Bienal, arte contemporáneo: sólo fotografía, audiovisual y alguna que otra instalación. Reúne a artistas de Finlandia, Dinamarca, Suecia, Noruega, Islandia, Portugal y España (por lo de las periferias atlánticas en Europa); y sorprende mucho y para bien. Hay obras que no dicen nada, otras que dicen de más y las que se quedan en el término justo. Una puerta blanca haciendo esquina, una sala convertida en una terminal de aeropuerto en miniatura; un vídeo de un señor escuchando música patas arriba y llevando el ritmo a cabezazos contra el suelo; una serie de fotos sobre bosques y andamios, árboles y metal; unos pantalones vaqueros asomando bajo una puerta; pilas y pilas de esponjas y maderas ordenadas por colores (scotch-brite también); una macroinstalación sobre un misterioso asesinato por arma de fuego en París; y la más chula: una figura gigante sobre el suelo realizada con 11.111 tubos de Colgate verde y azul. Preciosa y refrescante. Luego ocurrió lo de las moras, el maniquí de una casa en ruinas, los bajorrelieves de Santa María, la aparición de Fátima, la medianera de tejas.