Mario Nogueira: «Mis bueyes aparecieron en series como 'Doctor Who' o en un anuncio de Gucci, pero emociona rodar en el Obradoiro para Netflix»
SANTIAGO
La imagen de los animales durante el rodaje de la serie «Lobo» en Santiago no pasó desapercibida. «Allá donde los llevo, y siendo tan grandes y mansos, no pasan nunca desapercibidos», destaca el gallego
04 feb 2026 . Actualizado a las 14:50 h.La semana pasada, y pese al temporal, las calles y plazas cercanas a la Catedral de Santiago se convirtieron en un plató de cine. Allí se grababan varias escenas de la miniserie Lobo, producida por Vaca Films, que se emitirá en Netflix. Una producción, protagonizada por Luis Tosar y Tristán Ulloa, que revive la historia de Manuel Blanco Romasanta, nacido en Esgos en 1809 y condenado en 1853 como responsable del asesinato de 13 mujeres y niños. En su defensa, Romasanta alegó que había cometido esos crímenes porque había sufrido un embrujo que lo convertía en lobo, de ahí, el título de la ficción. Durante el rodaje, desarrollado en el caso de Compostela, en prazas como Praterías o el Obradoiro, y entre las distintas escenas de época, hubo una imagen que llamó sobre todo la atención: la de dos bueyes del gallego Mario Nogueira, natural de A Rúa. «Allá donde los llevo, y siendo tan grandes y mansos, no pasan nunca desapercibidos. Los niños, hasta los más pequeños, se quedan siempre mirando para ellos e, incluso, y sin miedo, se ponen delante. Cuando les digo que pueden llevarlos con una cuerda, se ilusionan… Ver esa cara de emoción o la de la gente mayor que lleva años sin ver bueyes, es para mí una satisfacción...», explica Nogueira, de 51 años, feliz por poder seguir sumando experiencias junto a sus animales. «Mis bueyes aparecieron en series como Doctor Who o en un anuncio de Gucci, pero yo siempre he tenido la ilusión de rodar en el Obradoiro. Llegar frente a la Catedral con dos amigos de aldeas cercanas de Quiroga —que me ayudaron a trasladar a Santiago los animales—, y verte en un rodaje así… Hace 25 años, cuando empecé con todo eso, nunca imaginé que llegaría a un lugar tan emblemático, rindiendo además, con los bueyes, un homenaje a mi padre», refrenda, repasando su valiente historia de resistencia.
«A mí lo de comprar y domar bueyes me viene por ambas familias, tanto por parte de mi padre, natural de Chao da Casa, como por mi abuela materna, natural de Centeais. Ellos nacieron y vivieron en esas dos aldeas, cercanas, de Quiroga, en O Courel. Crecí con ello. De niño, y mientras mi padre trabajaba también en una carnicería, también fui pastor de cabras. A los 15 años, tras fallecer él, entré rápido a trabajar en una carnicería y me desvinculé un poco de lo vivido. Fue a partir del 2002, y al ver cómo un incendio llegaba a la puerta de la casa donde había nacido mi padre, cuando decidí que tenía que hacer algo para que no se abandonasen las aldeas. Busqué una actividad que me permitiese trabajar cerca, y conservar esos enclaves. Primero me hice con unas vacas, pero, tras un año, volví a mis orígenes, también como homenaje a mi padre. Muchos en mi entorno me decían que cómo se me ocurría hacerme con unos bueyes, que no tenía salida, pero yo no dudé», continúa.
«Primero fui a una feria y me hice con dos terneros. Un hombre se encaprichó con ellos y se los vendí. Con el dinero de esos dos, me hice con cuatro, que domé y vendí al País Vasco, donde interesaban para un deporte rural, el de arrastre de piedras. Tras esa venta, ya me hice con 16 bueyes, que vendí a un tratante vasco. Empezaron a verme como un referente en la doma de esos animales para trabajo. A continuación, ya pude fundar mi ganadería. Todo eso ocurrió en el plazo de dos años», explica, aclarando cómo varias circunstancias también le favorecieron.
«En esos años llegó el bum de la carne de buey, y mucha gente, hasta del mundo de la hostelería, me pedía asesoramiento. Quería saber qué carne comprar. Ahí me hice un hueco… Coincidió también que yo llevaba 20 años conociendo el norte de Portugal, trabajando la zona, y en contacto con las distintas asociaciones de razas autóctonas. Allí encontré muchas aldeas con explotaciones pequeñas con animales criados de forma tradicional. Empecé entonces a vender vacas y bueyes de esa zona a industrias cárnicas de primer nivel. Me especialicé, y fui valorado también por ello», razona.
«En paralelo a toda esa actividad, nunca abandoné lo de dar visibilidad al mundo rural. Primero fui con mis bueyes y el carro a un evento cercano, a la Mostra de Aceite de Bendilló, en Quiroga. Ahí la gente ya alucinó. Lo de los bueyes era algo que ya no se veía… A partir de ahí estuve también al Folión de carros de Chantada, y en el San Froilán de Lugo o de León. Poco a poco pasé con mis bueyes por fiestas de toda Galicia, también en carnavales», evoca Mario, aclarando cómo sus animales llegaron al cine.
«Surgió a partir de que se necesitasen unos bueyes para la película El final del Camino, una ficción con la construcción de la Catedral de Santiago como telón de fondo. Me llamaron para el rodaje, con el que estuve 21 días en Silleda. Fue una experiencia muy enriquecedora», recuerda, y explica cómo a través de una empresa que conoció en esa estancia entró en contacto con otra, Fauna y Acción, una firma que aporta al cine y a la televisión distintas especies de animales.
«Ellos necesitaban tener en el católogo a alguien que pudiese ofrecer bueyes, y ya pensaron en mí. A partir de ahí, comenzaron a llamarme para varias series. Poco después, mis bueyes también participaron en un anuncio de Gucci que aludía al Arca de Noé, y para el que se juntaron 100 animales de distintos países como Francia o Italia. El anuncio se rodó en Toledo», prosigue, ratificando cómo a los distintos directores siempre les llaman la atención sus animales. «Se interesan por ellos; les sorprenden; se acercan... La verdad es que mis bueyes me han abierto muchas puertas. Siempre digo que el futuro está en el pasado», reflexiona con orgullo el gallego.
«En una ocasión pude tomar parte en la serie más antigua, en Doctor Who. Se rodaba un capítulo en Granada, en Sierra Nevada. En todos esas vivencias conoces a tanta gente, que es muy satisfactorio», añade, poniendo siempre el foco en que algo que le impulsó a dar el paso al séptimo arte fue poder divulgar en más sectores la importante de las razas autóctonas. «Hace dos años me llamaron para ir a Roma, a los estudios de Cinecittà, a las afueras de Roma, para ver si podía domar cinco vacas de campo. Ellos me pedían estar dos meses allí, pero ante la imposibilidad de ir por mi trabajo, asumí el reto de domarlas en cinco días. Y lo logré… Otra vivencia que no olvido es cuando me invitaron para compartir mi trayectoria y hablar sobre razas autóctonas en una conferencia mundial sobre tracción animal en Alemania. Mientras hablaba, se veía una imagen mía de fondo junto a 50 vacas cachenas… La gente preguntaba mucho sobre ello. En ese evento no dudé en hablar de Elba, la pastora gallega de hace 9.300 años —la primera mujer del Mesolítico hallada en España— que amansaba uros. Coincidía que ese día se celebraba el Día da Muller y una empresa de Estados Unidos, al escucharlo, puso la imagen de Elba de fondo en sus redes», cita con orgullo.
«Ahora mismo la ganadería la llevan mi hijo y mi mujer. Entre bueyes y cachenas tenemos 200 animales… Yo en la actualidad trabajo para una empresa del País Vasco, Okelan, como responsable de compra de animales vivos, buscando ejemplares especiales, y de selección de carne en los mataderos en Galicia y en el norte de Portugal. También continúo divulgando el potencial de las razas autóctonas. No puedo acudir a muchos rodajes, pero en el caso de Santiago, y siendo en Galicia, no dudé. A mi padre creo que le hubiese emocionado verme con bueyes como los que él domaba en el Obradoiro», remarca.