Elba, la pastora gallega que amansaba uros, un nuevo enigma para la ciencia

Mila Méndez Otero
mila méndez A CORUÑA / LA VOZ

SOCIEDAD

Recreación de Elba y los tres uros encontrados con ella en la sima de Chan do Lindeiro
Recreación de Elba y los tres uros encontrados con ella en la sima de Chan do Lindeiro José Antonio Peñas de SINC

Secuencian el ADN más antiguo del ancestro inmediato de las vacas modernas

29 may 2021 . Actualizado a las 10:38 h.

Los últimos uros se cazaron en Polonia en 1627. ¿Quiere esto decir que los ancestros inmediatos de las vacas modernas desaparecieron para siempre? En Asia se sabe que las comunidades neolíticas los domesticaron y trajeron con ellos a Europa. Lo que no parecía tan claro es que los pobladores occidentales hiciesen lo mismo con sus ejemplares locales. Hasta ahora.

Elba, una pastora gallega de hace 9.300 años que se convirtió en la primera mujer del Mesolítico hallada en España, puede volver a arrojar un punto de luz en una etapa todavía muy oscura de la historia. Los restos de los tres grandes bóvidos sepultados con ella en la sima de Chan do Lindeiro (Pedrafita do Cebreiro) son una pista. Una investigación internacional en la que participan dos científicas de la Universidade da Coruña (UDC) ha conseguido secuenciar el genoma mitocondrial más antiguo hasta la fecha de este mamífero.

«El mitocondrial es el ADN que se transmite de madres a hijos. Los tres uros de O Courel, los únicos encontrados en Galicia, no es que sean los más antiguos de los hallados, pero sí en los que se ha conseguido hacer esta secuenciación», explica Aurora Grandal, paleontóloga de la UDC y coautora de la investigación publicada en la revista Plos One. «Este ADN se estudia para conocer los linajes cuando se estudian animales o humanos. En el caso de los uros (en O Courel se detectaron restos de cuatro, aunque solo se pudo secuenciar a tres), queríamos saber cuál era su linaje, que es el que intuíamos, el que comparten la mayoría de los uros secuenciados en Europa», precisa Grandal.

Además de los antepasados bovinos encontrados en la cueva lucense, en el estudio secuenciaron el genoma de otros 11 fósiles vacunos gallegos procedentes de diferentes épocas, desde la de Hierro a la Edad Media. Los más antiguos que obtuvieron para la comparativa se remontan a hace 3.000 o 4.000 años. Lo que les dicen los genes, de momento, es que no hay un linaje directo entre estos mamíferos salvajes de 9.000 años y las vacas domesticadas gallegas. «Pero, por así decirlo, solo tenemos la información de la madre, nos falta la del padre», aclara la veterinaria Amalia Vidal, la otra responsable del estudio. Por eso, ahora están inmersas en la segunda parte, la secuenciación del ADN nuclear. «Vamos a comenzar con uno de ellos. Este es un proceso más complejo y lo que es ya todo un descubrimiento es dar con estos restos. El suelo de Galicia es muy ácido, por eso hay tan pocos fósiles de aquel momento», asiente Vidal, la investigadora de la UDC. 

Los fósiles de los mamíferos de 9.000 años analizados en este estudio
Los fósiles de los mamíferos de 9.000 años analizados en este estudio UDC

De existir un posible parentesco, no sería un indicio aislado. En el norte de Europa y en países como Italia, investigaciones previas apuntan en esta dirección, al rastro genético de los uros locales, y no solo de los originarios de Oriente Medio. «Se supone que las vacas domésticas gallegas proceden de los bovinos asiáticos que entraron por Europa con los humanos del Neolítico, que ya tenían ganado y cultivaban la tierra. En el norte peninsular, las más antiguas tienen entre siete y seis mil años aproximadamente. Los eventos de domesticación locales serían otra prueba de algo lógico: seres humanos en el mismo mundo y en la misma época, ¿por qué se les iba a ocurrir solo en una zona descubrir técnicas ganaderas?», apunta la veterinaria Amalia Vidal. «Se creía lo mismo de la cerámica neolítica y ahora hay indicios de que se hacían recipientes en muchos puntos de la Península. Estos cruzamientos podrían deberse a un fenómeno casual o intencionado para reforzar la fuerza de las vacas. Para esto necesitamos secuenciar el ADN nuclear de los uros, de las vacas antiguas y de las modernas. Lo que apuntan los estudios previos en el norte de Italia o en Dinamarca puede ser algo puntual o no pero que no conocemos porque no hemos podido profundizar más al carecer de fósiles», apostilla Grandal.

La hipótesis que se plantea abre una incógnita en un aspecto controvertido. Y aquí es clave la figura de la pastora Elba, la mujer de 1,50 de alto, intolerante a la lactosa y que cayó por accidente en una fosa cuando atravesaba la sierra nevada de O Courel. Su nombre, de hecho, significa en celta «la que viene de la montaña». «Lo que nos encontramos no es un enterramiento. La mujer estaba con los uros en el momento del desplome. El suelo se hundió bajo sus pies, no hay otra explicación geológica, por eso es como un flash a un instante de sus vidas. Las dataciones de carbono-14 coinciden. Sus restos están entremezclados y no indican que se tratase de una cacería, por el tamaño de los uros y de la humana. Esto nos hace pensar que tenía una relación con estos animales. Por eso la llamamos la pastora. La idea asentada es que hace 9.000 no había domesticación del ganado, pero ¿por qué iban juntos? ¿Intentaría amansarlos?», se pregunta Grandal.

Los haplotipos (el linaje mitocondrial) secuenciados aportan además pistas sobre los movimientos migratorios. «El mitocondrial predominante es el P, el de los uros de las islas británicas, y no el de los centroeuropeos, lo que puede explicarse con el papel de la Península como refugio glaciar. Además, morfológicamente, los tres son más pequeños y sus genotipos son distintos entre sí. Gracias al análisis de los isótopos también sabemos que no eran de la zona. La sierra era un lugar inhóspito y los uros eran más propios de zonas más bajas, no de Os Ancares, sino de terrenos graníticos. No era su hábitat habitual», detalla Amalia Vidal.

Conocer la filogenia del ganado prehistórico también tiene usos para la ciencia actual. «Los primeros intentos por recrear fenotípicamente los ancestros son de 1920. Se hace en muchas especies en reservas naturales para mejorar su rusticidad, su resistencia ante fenómenos adversos, como los meteorológicos», indica Vidal.