«Hay mucha solidaridad. La gente dona pelucas, y pañuelos, gorros o sombreros. En ocasiones hay peluquerías que también las donan. Entonces me encargo de revisarlas y acondicionarlas para poder usarlas de nuevo. Hay personas que compran una peluca cuando padecen el cáncer y les cae el pelo en el tratamiento, y después no la quieren ver delante, porque les recuerda el problema. Otras no pueden permitirse comprarla para usarla solo unos meses», explica María José. Ella también ha sufrido un tumor, de tiroides «pero no necesité usar peluca», dice.
En su labor como responsable del banco de pelucas de la Asociación contra el Cáncer (AEEC) de Santiago ha tenido diversas experiencias: «hay personas que vienen con la idea de las pelucas que había en los años 70, con unos colores y un tacto muy artificiales. Ahora las hay de pelo natural, de pelo artificial, y mezcla. Se adaptan bien a la cabeza y son cómodas. A muchas mujeres, cuando se las prueban, les cambia la cara. Vienen con temor a no encontrar una que se les adapte bien, y cuando encuentran una que les agrada es un momento de mucha satisfacción», sostiene esta experta.
María José ha ejercido de peluquera profesional y afirma que «en Santiago hay establecimientos especializados en pelucas, que trabajan muy bien».
La AEEC la premió el año pasado, en la gala anual que organizó en junio, para reconocer el trabajo que realiza en el banco de pelucas, tanto para preparar bien los accesorios como por el asesoramiento que presta.