«Mucha gente de la City bebe, ¿sabes?: son alcohólicos»

La polémica entrevista del «trader» de segunda fila Alessio Rastani en la BBC indignó a medio mundo, pero los auténticos operadores financieros de Londres admiten que no se alejó demasiado de la verdad. Puede que Goldman Sachs no lo controle todo, pero sí tiene el suficiente peso para hundir a medio mundo, creen


Corresponsal en Londres

«Las autoridades no gobiernan el mundo, lo hace Goldman Sachs», o «cada vez que me acuesto, sueño con una nueva recesión» son dos de las afirmaciones con las que Alessio Rastani escandalizó al mundo en su famosa entrevista con la BBC. Luego se supo que Rastani nunca ha estado vinculado a las instituciones que operan en la City, el distrito financiero de Londres, pero para mucha gente Rastani dijo la verdad. ¿Piensan los trabajadores de la City igual que él? Matt D. trabaja en la Torre 42, uno de los centros financieros de la ciudad. Es empleado de un banco francés y un veterano en la City donde trabaja desde hace 41 años. No duda de que «los operadores financieros son despiadados y ambiciosos, deben serlo para hacer su trabajo, para cumplir objetivos y que su empresa y sus clientes ganen dinero», pero insiste en que «son gente normal, que solo intenta hacer su trabajo».

Corazón y resentimientos

Para Matt, los brókers y los traders «sí tienen corazón», aunque admite que hay «cierto resentimiento contra todo el sector financiero» en algunas capas de la sociedad, «y no solo en Grecia, España u otros países con problemas, también en Gran Bretaña». Culpa de ello a «un pequeño grupo de gente que tiene enormes sobresueldos y se dedica lujos extravagantes, pero no todos son así». Jeremy P. trabaja para una importante aseguradora también en la Torre 42. Firma pólizas por valor de «miles o millones de libras casi a diario», un trabajo «duro y estresante» que empieza a las «ocho de la mañana y acaba a las ocho de la tarde». Cuenta que mucha gente en la City «bebe, ¿sabes?, bebe mucho y todos los días». Algunos son «sin duda, alcohólicos». Según Jeremy, se bebe para «aplacar la presión», que es «enome y aún lo ha sido más en los últimos siete años», pero también «para cerrar pactos». Los brókeres representan a clientes que quieren «asegurar algo, casi cualquier cosa», traen la propuesta, se analizan los riesgos y se llega a un acuerdo. Eso exige «confianza», explica, confianza que se logra «en los pubs y con cervezas».

Jeremy se ríe cuando se le habla de Alessio Rastani, al que califica de «jeta a la caza de trabajo», pero no le quita la razón en todo: «Goldman Sachs quizá no gobierne el mundo, pero hace algo bastante parecido, el mundo depende de ellos y de bancos como ellos. Si quebrasen... bueno, no quiero pensar qué ocurriría». Mucha gente cree que los empleados de la City viven vidas de champán, coches deportivos, clubes de estriptís de lujo... pero la mayoría solo parecen muy agobiados. Julian J, empleado de otra aseguradora, confirma lo explicado por Jeremy: «Sí, es cierto que se bebe mucho y que se pasa bastante estrés porque un pequeño error en una operación puede ocasionar pérdidas gigantestas». A veces, el error puede no ser involuntario. El pasado día 15, la policía de la City detuvo al bróker Kweko Adoboli, acusado de defraudar 1.300 millones de libras al gigante de la banca suiza UBS. «Gente como él no ayuda a mejorar la fama que tenemos», afirma Julian para luego insistir en que «aquí no estamos todo el día de fiesta». Es cierto que «son trabajos bien pagados», pero exigen «sacrificar casi toda vida personal». Aunque su jornada es de nueve de la mañana a cinco de la tarde, Julian asegura quedarse «todos los días hasta las ocho o nueve de la tarde». Un horario al que hay que sumar «tres horas más» al día por el viaje de casa al trabajo y del trabajo a casa. Pero no se queja: «Tengo 24 años, estoy al principio de mi carrera y tengo que esforzarme». En cuanto a Rastani, Julian es sincero y cree que «si es un actor, es bastante bueno». Matt, Jeremy o Julian no son nombres reales. En la City hay un pacto tácito de ser discretos a la hora de hablar del trabajo. Ese pacto se afloja un poco por la tarde, cuando acaban las horas de trabajo y los pubs de la City se llenan. En uno de ellos, el Lamb Tavern, Ian A accede a hablar de otras partes menos claras del negocio. Ian (otro nombre ficticio) es jefe de operaciones de una empresa pequeña de servicios financieros y, con varias pintas encima, se explaya: «¿Codiciosos nosotros? No, codicioso es todo el mundo. La gente pone su dinero en nuestras manos porque quiere sacarle el partido, quieren más dinero».

Comprar barato, vender caro

El problema, explica, «es que hay operaciones ilegales que se hacen de espaldas al fisco o peor, que se hacen a sabiendas de que son problemáticas». ¿Por ejemplo? «Lo más simple es vender un producto que se sabe que va a dar pérdidas completo o en parte, así te saco dinero y minimizo mis pérdidas». ¿Es una práctica común? «¿Estás de broma? -responde- es la esencia del negocio: comprar barato y vender caro». Y no solo ocurre en la City, «es igual en todas partes». Ian cree que las cosas serán «incluso peores» en los próximos años e insiste en que el sistema, «aunque no sea perfecto, es lo que hay». Eso sí, reconoce que cambiaría cosas. «Que haya gente sin pensión tras una vida de trabajo porque su fondo la invirtió en aventuras financieras... eso es un sinsentido, una barbaridad y una vergüenza». Hasta Ian tiene su corazón.

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