Por momentos, pareció que siete años de feliz y fructífera convivencia, en los que el club no ha dejado de dar pasos y de crecer, podían terminar con malas caras. No ha sido el caso.
Alemao, que en algún tramo de la negociación consideró que la entidad no valoraba su rendimiento, cambió el discurso para reconocer que el Lobelle hacía un esfuerzo al llegar a las cifras que le puso sobre la mesa. Tan cierto como que manejaba una oferta de Japón bastante más tentadora en el plano económico.
Club y jugador no se dejaron llevar por el genio, supieron reconducir la situación cuando peor pintaba y alcanzaron un acuerdo muy celebrado por la afición.
Alemao aterrizó en el Lobelle cuando el equipo acababa de llegar a la División de Honor. Fue el elegido para ser referente de un club que pretendía asentarse en la élite. Ese objetivo está conseguido y son muchas las claves del éxito. Entre ellas, la aportación del propio Alemao.
El número diez, bautizado en su día por los seguidores como el emperador, se ha ganado al público, a los compañeros y la ampliación de contrato por dos años más uno opcional. Es un símbolo del Lobelle, con el valor añadido de un jugador capaz de inventar y hacer cosas distintas sobre la pista. Y ahí sigue.