La prostitución tiene dos caras

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Reportaje | Un negocio controvertido a debate Solidariedade Internacional presentó una campaña de denuncia y sensibilización; Andaina aborda la problemática de quienes escogen libremente la actividad

03 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

?a prostitución puede sugerir conceptos como explotación, erradicación o tráfico de mujeres. Pero en un debate más amplio, también puede dar pie a la discusión sobre regularización, derechos laborales o cobertura legal. Dos maneras de entrar en este tema confluyeron ayer por casualidad en sendos foros que se celebraron en Santiago, cada uno por su lado. Esa casualidad casi complementaria resulta útil a la hora de formar una opinión sobre un asunto que no deja indiferente a nadie. María Lucinda Gómez contó por la mañana, en la Galería Sargadelos, su experiencia como víctima de una red de tráfico de mujeres. Su realidad fue espeluznante y, si dejó de serlo, fue gracias al apoyo de Solidariedade Internacional, con la que ahora colabora en la campaña Escravas do século XXI, mulleres prostituidas. Infierno indeseable María Lucinda describió «un infierno indeseable» de ocho meses trabajando como prostituta en Japón. A ese punto llegó mucho después de haber vivido desde los once años en las calles de Bogotá -expulsada de casa por su padre-, de haber sufrido abusos y maltrato infantil y de haber pasado por la cárcel. En Japón protagonizaba una media de seis shows sexuales diarios, una cifra que se elevaba a la docena en los fines de semana, «sin ningún derecho, sólo trabajar y producir, sólo para ellos, para pagar una deuda que nunca me imaginé». Hasta treinta servicios en un día, sin más escapatoria que la evasión condicional del sueño. Esta mujer fue desgranando los entresijos de una vida terrible. En Japón enfermó y, al dejar de ser productiva, la misma red que la explotaba la puso en manos de los servicios de inmigración. No con poco esfuerzo consiguió que la deportasen de nuevo a Colombia, desde donde se trasladó a Panamá y cayó, de nuevo, en manos de la mafia griega. «Si no trabajaba un día, me cobraban diez dólares, la deuda se hacía interminable», explica. Cuando la situación se volvió insostenible, y con una hermana enferma a su cargo, consiguió escapar. «Si nos hubieran cogido nos habrían tirado al mar», dice. María Lucinda buscó una salida imposible en el alcohol, que sólo empeoró las cosas. Finalmente, dio con las Hermanas Adoratrices, que la ayudaron a reconducir su vida. Hoy es instructora de Solidaridad Internacional en Colombia en talleres de formación para mujeres prostituidas. Su infierno todavía lo viven muchas mujeres en decenas de clubes de carretera, y en eso quiere incidir la campaña de sensibilización.