No es más que un burdo autoengaño. Pero ¿quién no lo ha hecho alguna vez? Agarras el móvil, te dices que ya está bien, que ya estás harto de quedar para mandar Whatsapps mientras tomas café y entonces actúas: deslizas la pestaña y el teléfono queda en modo vibrador. ¡Toma ya! Ya no suena. Ya no está. Es un ejercicio titánico de reafirmación de la voluntad. Paso del móvil. Nada me molesta. Es heroico. Pero no es cierto. Porque sí que molesta. Lo dice un reciente estudio de la Universidad Estatal de Florida. No prestar atención al móvil cuesta tanto trabajo como hacerle todo el caso del mundo. Distrae exactamente lo mismo. El simple hecho de escuchar el bip de un mensaje, de notar cómo el aparato vibra dentro del bolsillo o sobre la mesa, o de oír el timbre de una llamada y decidir no atenderla le cuesta al cerebro la misma atención que decidir interaccionar. Responder o no responder, esa no es la cuestión. Despistan lo mismo. El simple requerimiento de ese trozo de plástico provoca «pensamientos en cosas irrelevantes o dispersión mental», dice el estudio, que publica el Journal of Experimental Psychology. Así que estamos perdidos. Lo mejor será resignarse. Porque apagar el teléfono un rato para concentrarse sería de locos, ¿no?