La república de Twitterlandia

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Abdicó el rey. Y España, que se había acostado el domingo sin dudas urgentes sobre la forma de Estado, se levantó ansiosa y republicana. Al menos eso pareció el lunes y el martes por la rabia, la ansiedad y la intensidad de los mensajes volcados en Twitter por muchos usuarios que proclamaron su fervor por la extinción de la monarquía o, por lo menos, por la celebración de un utópico e imposible referendo para profundizar en la democracia.

Se convocaron manifestaciones. Y se apeló a un hecho histórico, la derrota electoral de los partidos que soportaban a la monarquía de Alfonso XIII en 1931, para augurar que el país entero iba a echarse a la calle y provocar un cataclismo en el sistema político. Pero las manifestaciones no triunfaron. No fueron tan masivas como se esperaba. No provocaron una cascada de pronunciamientos en favor de un cambio inmediato de forma de Estado. Para bien o para mal, la III República solo existió por un tiempo en Twitter.

Las redes sociales son como la aviación en un conflicto bélico: por si sola, sin la acción de la infantería, no gana batallas. Los comentarios en Twitter, Facebook pueden agitar a las masas, pero sin acción real, -un voto como el de las europeas, una protesta en la calle- no son suficientes para tumbar un régimen.