Los ciberniños manejan las teclas de sus propios teléfonos móviles con rapidez, recargan sus tarjetas prepago con la paga paterna y viven pendientes de que se ilumine la pantalla
21 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Lo primero que hace al levantarse cada mañana es mirar el móvil. Beatriz tiene 11 años y afronta el día con un ánimo diferente si un sms le da los buenos días. Mientras desayuna, manda un mensaje a Carolina y quedan para ir «a mirar tiendas». Cuando llega al lugar de encuentro, hace una llamada perdida a su amiga para que sepa que ya la está esperando. Recorren el centro comercial ensimismadas en la pantalla de sus teléfonos exhibiendo una rapidez del dedo pulgar asombrosa. «Jo, tía, Javi no me contesta», dice una a la otra. Carolina tuvo su primer móvil a los 10 años. Ahora, con 12, tiene «uno mejor, con cámara y todo». Se lo regalaron sus padres por su cumpleaños, como premio «por haber aprobado todo» y son ellos quienes se encargan, dos veces al mes, de que tenga saldo disponible para comunicarse. Después del colegio, manda mensajes a sus compañeros «para ver qué hay que estudiar o para charlar de algo, yo mando mensajes hasta en clase, por debajo del pupitre». Elena y Laura son primas, las dos tienen 12 años y hace un año que tienen teléfono móvil propio: «Es que ya hemos empezado a salir y lo necesitamos para avisar de que nos vengan a buscar». Todas sus amigas tienen móvil y se comunican con mensajes de texto cuando no están juntas. Eso sí, aseguran que recargan sus teléfonos con parte «de la paga» que les dan sus padres cada semana. Cuentan que su primo «de diez años tiene móvil desde el año pasado». A Noelia le «recargan el teléfono mamá y papá». Sólo hace siete meses que tiene móvil pero sus dedos manejan las teclas del aparato a una velocidad de vértigo. Andrea tiene su propio teléfono móvil desde hace dos años. Ella misma es la responsable de recargar su tarjeta prepago «una vez al mes con diez euros, normalmente». Necesita el aparato para «hablar con mis amigos» ya que «todos tienen móvil», pero preferentemente lo utiliza para «enviar mensajes». Cuando habla, interrumpe el golpear continuo de las yemas de los dedos sobre el teclado. Cristina tiene trece años y acaba de conseguir «al fin» su primer teléfono propio. Durante el pasado curso escolar, era «creo que la única» de la clase que no podía recibir y mandar mensajes. El motivo: «Mis padres, que no me dejaban tener móvil por si descuidaba mis estudios». Unas buenas notas le han ayudado a conseguirlo. La Asociación para la Investigación en Medios de Comunicación asegura que el 70% de los niños de 13 años tienen teléfono móvil. El 30% restante, que se vuelve invisible en la calle, se siente presionado por una nueva era tecnológica que se lleva a los niños y pone en su lugar una especie de preadultos resabios y de vuelta de todo. En una clase de 30 niños de 12 años, los dos que no tienen teléfono móvil son algo así como una especie de extraterrestres, que no están a la moda, que se avergüenzan, que no siguen el mismo código de comunicación que los demás y con los que casi es imposible entenderse por lo diferente del lenguaje que utilizan. No saben qué es un puzzle, manejan un vocabulario limitado y adulto plagado de muletillas, no leen libros, se conectan al messenger y duermen pocas horas porque se acuestan tarde, después de ver la serie de turno, según los expertos. No hay restos de los niños de hace quince años, aquellos que jugaban a muñecas y soldados, que saltaban a la cuerda y se convertían en policías y ladrones, que utilizaban la imaginación para hacer un mercado de una silla y botellas de leche de los lápices de colores. ? ?