El historiador repasa sus recuerdos en los primeros edificios de la Pontevedra moderna, la del arquitecto Sesmeros
29 dic 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Uno es de donde hace el Bachillerato, dice Xosé Fortes Bouzán parafraseando a Max Aub, y en su caso, lo hizo en el que hoy es el Instituto Valle-Inclán. Este edificio y sus alrededores, enmarcados en la denominada Pontevedra de Sesmeros (formada por la plaza de España y los jardines de las Palmeras y la Alameda) son el rincón preferido del historiador, por varias razones y la primera tiene que ver con su condición de «lector impenitente».
En el Instituto se ubicaba en los años en que estudió Fortes (a partir de 1945) la Biblioteca Pública, situada en el bajo del centro en la parte más próxima a las Ruinas de Santo Domingo y a la que se accedía por la que hoy es la puerta principal del Valle-Inclán, entrada también para las chicas -la sección masculina lo hacía por la parte que da a Las Palmeras-. En su condición de becario, el escritor comenzó a colaborar en la Biblioteca una o dos veces por semana y allí descubrió que su vida «son los libros». «Allí tomé contacto con ellos y me convertí en lector impenitente -de aquella no había dinero para libros- por la conjunción de dos factores, de un lado la situación de la biblioteca, y de otro, por los textos literarios de 4º y 5º curso».
Aún se acuerda de la primera obra seria que leyó, después de novelas del Oeste. Fue Macbeth, de Shakespeare, «y recuerdo que al profesor Filgueira le llamó la atención que la hubiese leído, es que aún andábamos en pantalones cortos...». Otras joyas literarias que le impactaron sobremanera fueron el Werther de Goethe o La Cartuja de Parma de Stendhal. «Sobre todo Werther, porque a los catorce años tienes amores imposibles, además de ese toque de rebeldía...», comenta para referirse también a este personaje, de quien le fascinó que a la hora de su muerte pidió que no estuviese con él ningún sacerdote: «Eso en aquella España católica...».
Otros libros, como las Confesiones de Rousseau o el Cándido de Voltaire los leyó en secreto, «porque entonces decía el cura que sólo podía perdonar ese pecado el arzobispo, o en ocasiones el Papa, así que héteme aquí en el infierno desde los catorce años». Y a punto estuvo de costarle una expulsión el que le pillasen con Las mujeres en la vida de Dostoiewski, porque una profesora pensaba que era poco menos que pornografía.
No todo el tiempo era para lecturas. Fortes disfrutaba, como dice, «haciendo el pirata» en los jardines de las Palmeras, «que entonces tendrían unos diez metros menos que ahora». Por aquel entonces ya existía la costumbre de tirar a los alumnos al pilón al finalizar el curso, aunque esta fuente estaba ubicada en lo que hoy es la zona de columpios. «Esto era territorio comanche», añade.
Y otros recuerdos están en los alrededores de la Alameda. Especialmente en el cuartel de San Fernando -hoy convertido en la Facultad de Bellas Artes- en la que hoy sonríe comentando que hizo su primera guardia como militar «y también el último servicio», porque allí lo detuvieron como fundador de la Unión Militar Democrática y hubo de enfrentarse a un consejo de guerra y un año de cárcel.
Tampoco faltan en este periplo histórico sus tertulias -estando destinado en San Fernando- con Manuel Domínguez y Torrente Ballester en la antigua Cafetería Lar. Y es que Fortes sirvió también de fuente para algunas de las historias que Torrente contó en La saga-fuga de J. B. «Cuando lo leí me di cuenta de que Torrente era una esponja, siempre me pedía que le contase historias de Pontevedra», añade. Con ambos profesores protagonizó también una de las charlas de las que se siente más satisfecho, sobre la Pontevedra literaria.
Pero esta tertulia termina como empezó, hablando de Alejandro Sesmeros, el arquitecto que modernizó la ciudad del Lérez. Precisamente los jardines de Las Palmeras, creados a finales del siglo XIX y donde nos encontramos, fueron según Fortes el detonante para que saliese del Ayuntamiento. «Se había comprado la finca de los dominicos, que llegaba hasta la Diputación, pero el resto de fincas que llegaban a lo que es ahora Defensa pertenecían a unos señoritos, a los que sentó muy mal que les expropiaran, y eso que se les pagó el oro y el moro -explica-. Así que un año después el Ayuntamiento se plantea la baja de la plaza de arquitecto para hacer economías. Sesmeros se da cuenta de la presión y pide él mismo la baja».
El historiador considera que Pontevedra no ha pagado la deuda contraída con el técnico que diseñó el Concello y la Diputación (en colaboración con su hermano), creó los primeros depósitos de agua, trazó la carretera de Ourense o creó la primera plaza cubierta de Pontevedra, «porque antes, cuando llovía, no se podía vender». La remodelación de esta manzana de Sesmeros hizo también cambiar de ubicación la feria, que entonces se celebraba en el entorno de la plaza de San José, «pero con los nuevos edificios, esto cogió otro aire y las vacas no pegaban». De allí pasó a Barcelos. «Cuando la zona vieja estaba deprimida, musgosa, esta era la zona soleada de Pontevedra, nuestro espacio para hacer el pirata», destaca.