PLAZA PÚBLICA
04 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.LA sociedad gallega despertó el 13-N su conciencia movilizadora a fuerza de chapapote y orfandad. Fue más que un síntoma por el hartazgo de una secular marginación. La calle vivió históricas manifestaciones contra la gestión del Prestige y sigue pendiente del petróleo al encadenarse con las protestas contra la guerra. Fue la representación espontánea de una ciudadanía indignada. Pero el ambiente se fue enrareciendo a lo largo y ancho de este país. La ola de asociales infiltrados, que empañó antes otras expresiones de malestar, explotó ayer en Pontevedra, Moraña y Santiago con nocturnidad y alevosía para salpicar a quienes apuestan por una democracia pacífica y antibélica. ¿Contra quién apuntan? ¿Contra el Partido Popular? ¿Contra los grupos de la oposición en Madrid y en Santiago? ¿Contra los vecinos de turno a quienes violentan su descanso? Contra todos. Todos deberíamos condenar sin ambigüedades a los que pisan frenéticamente cualquier acelerador. Aquí, en Vigo o en Basora.