«Hay que ponerse en el caso del paciente, nos puede tocar a nosotros»

maite rodríguez OURENSE / LA VOZ

VEREA

Santi M. Amil

Marisa López trabajó cuarenta años como enfermera en el hospital y en el rural

03 ene 2021 . Actualizado a las 14:32 h.

Después de cuarenta años trabajando como enfermera, Marisa López ha tenido que decir un adiós forzoso a la profesión a la que decidió dedicarse por vocación. Su último destino fue el centro de salud de Quintela de Leirado, donde llevaba nueve años -desde 2011-, pero anteriormente trabajó 23 años en la octava planta, la de Neurología, del CHUO, y en Verea y Pontedeva. Esta celanovense conoce bien los sacrificios y las satisfacciones del trabajo de enfermera de hospital y del rural.

A Celanova, lugar de nacimiento y en el que vivió hasta los quince años, regresó hace unos años para residir. Elige la Alameda como su rincón. Por los recuerdos -«era la zona, aquí y en la plaza, donde pasé mi niñez, donde nos veíamos las pandillas, el momento de los primeros novios...»- y por su luz. Es la mayor de cuatro hermanos que se criaron entre el hotel Comercio, que regentaba la familia de su madre, y la Dulcería Amanda, de su abuela paterna, situada enfrente.

Sus primeros estudios, hasta cuarto de Bachiller, fueron con las monjas franciscanas de Celanova. Completó bachillerato y COU en Santo Ángel y Salesianos e inició unos estudios de enfermería que «tenía clarísimo» que era lo que quería hacer. «Eran unos estudios duros, en el Hospital Provincial, con teoría y práctica, con turnos para trabajar y en los que ya quedábamos unas horas solas. Eran las alumnas las que llevábamos el hospital, solo quedaba una enfermera titulada. Las clases eran por la tarde y las vacaciones, partidas», detalla. Fue una preparación buena y real para lo que se iban a encontrar al empezar su carrera.

Después de una temporada trabajando con contratos temporales en la residencia, su primer destino fue Pontedeva. El 2 de febrero de 1981, recuerda, exactamente. «Era un pueblo sin casa del médico; vivíamos allí, médico y enfermera cada uno en su casa, de lunes a viernes, teníamos que comprar las jeringuillas y el resto de material, o darle la receta al paciente y que lo comprase él en la farmacia. Yo me llevé el tensiómetro que me regalaron mis padres al acabar la carrera. Fue una etapa muy bonita, y de maravilla con todos los vecinos», subraya.

Verea fue la siguiente parada, donde asumió la plaza libre de matrona. Cinco años en este puesto. Con ambos lugares sigue manteniendo contacto, visitando y hablando con los pacientes. Con dos hijos ya nacidos y como no salían las oposiciones de enfermera de atención primaria, pensó en coger una plaza en propiedad y así comenzó su trabajo en la residencia, en febrero de 1988.

Fueron 23 años en la planta de Neurología. «Estaba a gusto con las compañeras y los médicos. A los pacientes les acabas cogiendo cariño, pues muchos tenían dolencias crónicas y seguían viniendo». El equipo hacía piña y había buen ambiente, a pesar de que se tenían que enfrentar muchas veces a situaciones duras por las enfermedades que atendían: ELA, Guillain-Barré o ictus. «Había que hacer de psicóloga, de confesora; tenían enfermedades que los volvían muy dependientes, lo que les causaba problemas en casa, con los hijos. Te contaban sus vidas, algunas muy conflictivas, y les cogías un cariño especial. Les esperabas con una sonrisa, aunque luego les fueras a pinchar. Les gustaba ver a su enfermera de siempre y agradecen que les cojas la mano. Hay que ponerse en su caso, igual que les tocó a ellos nos puede pasar a nosotros», explica. Pese a la dureza, a los turnos de noche, a no desconectar del trabajo, Marisa López afirma que «si tuviera 20 años, volvería a pedir» esa plaza.

Por cuestiones de salud, tuvo que dejarla y pidió el traslado a Quintela de Leirado, donde disfrutó de su última etapa laboral, sin el estrés ni las caminatas por los pasillos del hospital y acercándose aún más a los pacientes. Sigue yendo por allí a verlos.

«La vida me dio una prórroga y me dije que hay que aprovecharla»

 A Marisa López le dio pena dejar el trabajo. La jubilaron el 20 de octubre por una incapacidad, lamenta, aunque llevaba de baja desde abril, cuando sufrió un tromboembolismo pulmonar bilateral. «Estuve a punto de irme para el otro lado. Cuando pasó, me dije: la vida me dio una prórroga y hay que aprovecharla», destaca. En el tiempo que dura la entrevista, en Celanova, saluda a una decena de personas que pasan. Desde lo alto de su piso, Marisa López disfruta con la vista y la luz que tiene del monasterio, de la alameda y del amanecer iluminando Celanova desde el naciente del monte de san Cibrao. Desde la pandemia ha residido con su marido en la casa del pueblo de él, en A Bola. Sobre el coronavirus, opina: «Esto depende mucho de la responsabilidad personal, incumpliendo las normas no vamos a ningún lado».

Espera poder aprovechar el tiempo libre de su jubilación para matricularse en algún curso de decoración de interiores, pero lo online no le gusta. Habrá que esperar, como para viajar, como solía hacer, por España o para cocinar para los amigos. Aunque, matiza, «las agujas de las labores no me gustaron nunca».