Allariz destroza los refranes

Mar Gil OURENSE

OURENSE

MIGUEL VILLAR

Crónica | Tres lustros de gobierno municipal nacionalista Un paseo por el municipio, que ha cambiado su destino en quince años, permite descubrir por qué abandera en Galicia el nuevo modelo de desarrollo social

26 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

?on Allariz no valen los refranes. Ni cualquier tiempo pasado fue mejor ni parece que fue ayer. Ni siquiera aquél de quien a buen árbol se arrima... El Allariz social y electoral lleva quince años arrimado al tronco más débil, al de un partido minoritario en la provincia, en la autonomía, en el Estado, en Europa y en el universo mundo pero goza, sin embargo, de una sombra envidiada y envidiable. O los refranes mienten o habrá que redefinir el concepto de buen árbol. Lo de la bonanza de los tiempos pasados sólo cuela para los miopes. Y en cuanto al calendario, una retrospectiva por el municipio hace pensar más bien en el milagro del pan y los tiempos. En Allariz, tierra de silencios y lentura, los segundos cunden como en ningún otro lugar. Los días se multiplican y los años acumulan tantos y tantos cambios que uno no puede más que pensar que han descubierto el talismán de la eternidad. Mirando al 27 de noviembre de 1989, uno recuerda - sí, como si fuese ayer-, el salón de plenos rebosando emoción, flores blancas sobre la mesa, una votación unánime y el nombre de Anxo Quintana como santo y seña ante el futuro. El 27 de noviembre del 89 quedaron sellados tres meses y dieciséis días de movilización social; se cerraron en esa fecha años de desánimo y parálisis; se le dio portazo a décadas de inanición y se adoptó como bandera el «caciquismo nunca máis». A partir de ese momento, el calendario se ralentizó en la misma medida en que se aceleraba la gestión municipal. Memoria Recordar los últimos quince años de la historia de Allariz no requiere, en realidad, ningún esfuerzo de memoria. La realidad que han vivido durante estos tres lustros los alaricanos y que tanta admiración ha despertado en toda Galicia estaba escrita. La filosofía, los proyectos, las ideas y hasta muchas iniciativas con nombre y apellidos estaban en el cajón del BNG cuando llegó a la alcaldía. La improvisación no escribió ningún renglón en el libro del destino. En estos quince años que ahora celebra el Concello, la memoria individual atesora pérdidas, ilusiones, esperanzas, fracasos... y el ser colectivo que es Allariz se fragua en la cotidianeidad del esfuerzo, el éxito y la dignidad. Las truchas muertas el 1 de agosto del año 1989 hicieron tan buen abono que con ellas se alimentaron años y años de proyectos que han convertido a la villa de Allariz en un espejo de progreso armónico, con un saldo de aciertos innegablemente superior al de errores. De quince años de nueva vida municipal, los alaricanos acumulan en la retina miles de imágenes cargadas de simbolismo: la construcción del primer espacio verde, en San Isidro, que en aquellos primeros momentos semejaba un paraíso; las obras de saneamiento del río, los patos, el embarcadero del Arnoia, la ampliación de la Alameda, el ecoespacio de O Rexo, el centro de formación textil, la piscina climatizada, el nuevo instituto, la guardería infantil, A Acearrica, O Briñal... Y, sobre todo, mucha vida: más vecinos, más servicios, más viviendas, más comercio, más niños, más cultura, más fiestas... Para quienes no ejerciten la memoria, la realidad palpable a cualquier hora tiene su mejor reflejo en la rehabilitación arquitectónica: las piedras derrumbadas se levantaron ante los ojos de todos como por magia y el espectador impasible hacía la compra mientras las casas se vestían de color, las fábricas de curtidos se volvían hoteles y en las silveiras crecían columpios. Las aldeas se llenaron de luces en estos quince años y el rural dejó de ser de tercera. Estrenó centros sociales, alcantarillado, traídas de agua, fiestas culturales y hasta autobús. Mientras, la villa tornaba los ojos a su historia y convertía en realidad el sueño de muchas generaciones: hacer contemporánea la vitalidad de una población medieval que fue corte real y forjó su futuro con iniciativa y derechos. La restauración del casco histórico durante estos lustros fue, probablemente, impecable. El trabajo mereció un premio europeo, nunca bien ponderado -o tal vez demasiado envidiado- más allá del Arnoia. En medio de los éxitos, la polémica: las consecuencias judiciales del conflicto del 89, la construcción de la central de biomasa, la amenaza de embalsar el Arnoia, el cuartel de la Guardia Civil, el centro de menores de Valverde... Piezas todas del puzzle de la vida, que late en algunos pueblos con igual fuerza que en los individuos. Porque Allariz, al que sólo le falta morir para ser profunda y enteramente humano, le da la razón a Marcial Suárez alargando la batalla contra la denostada sentencia del olvido. Como tal vez no había vuelto a hacerlo desde la Edad Media, Allariz ha recuperado en tan sólo quince años un protagonismo social y político impensable a finales de los ochenta. Los aciertos del gobierno municipal y el ejemplo de un pueblo que ha sabido tomar conciencia, como pocos, del papel que debe tener en la gestión de su propio futuro, siguen siendo una referencia para muchos otros concellos. Allariz se ha convertido en escaparate de gestión y también en esperanza, en mirlo blanco, en bandera alzada del nacionalismo gallego. Presumen los alaricanos de haber hecho subir con su reflejo los votos del BNG en toda Galicia y sueñan, en silencio pero vivos, con colocar a un alaricano en la presidencia de la Xunta. Sería, para muchos, la culminación simbólica de un terremoto de concienciación social que comenzó, en realidad, mucho antes de que en el cauce del Arnoia apareciesen unas truchas muertas. Empezó, tal vez, el día en que el pueblo de Allariz decidió unirse a los Irmandinhos para derribar el castillo. Entonces cayeron derrotados. Siglos más tarde, consiguieron derribar las puertas. Tal vez, al final, Allariz sea tierra de refranes: Nunca es tarde si la dicha (que siempre es buena) llega.