Entre las muchas razones para ver el documental que ahora mismo emite Movistar + sobre Alejandro Sanz hay una que lleva a la reflexión. Es esa capacidad de algunos críticos para destrozar la creatividad de los grandes artistas, para destruir el potencial de quienes aciertan masivamente. Le pasó a Alejandro Sanz, al que desde varios medios se le atacó sin piedad por lo que algunos consideraban una «simplicidad», unas letras cargadas de emotividad y una música que daba lugar a «canciones hechas para chicas», «para póster de habitación». Cuesta imaginar que alguien se atreviese a expresar, con esa soberbia natural, que hay temas concebidos para hombres y que es el amplio público masculino el que disfruta de algunas canciones y conciertos. Pero con nosotras, con las mujeres, ha sido así. Se nos ha etiquetado también desde la crítica, con prejuicios y con esa mirada reduccionista, que nos derivaba a consumir productos musicales demasiado sencillos, cursis, emotivos, muy pop y con poca profundidad, en fin, lo de siempre. No es el caso de Alejandro Sanz, el artista español con más premios Grammy, que ha dejado para la historia de la música temazos que han cantado —y cantan— millones de personas. No siempre lo mejor es lo que le gusta solo a la minoría, aunque haya mucho crítico pedorro que lo piense así. Alejandro Sanz ya nació grande.