Descarrilamiento en Adamuz: entre el horror y la extrañeza
OPINIÓN
Todos necesitamos creer que hay cosas que no nos pasaran, ni a nosotros ni a quienes queremos. Por eso lo traumático se caracteriza porque lo impensable ocurra. El momento del trauma supone una desrealización de nuestro mundo, de nuestra seguridad básica.
Comienzan a llegarnos testimonios de las personas que viajaban en los trenes del accidente en Adamuz. Algunas de estas personas nos refieren situaciones que les han confrontado a la posibilidad de su propia muerte y a la exposición a la muerte o a las heridas e indefensión de las personas que viajaban con ellas. Nos transmiten momentos de irrealidad en los que personas en estado de shock intentaban comprobar que podían moverse en el medio del caos, de los gritos y la contemplación de rostros ensangrentados y de personas fallecidas o heridas de gravedad. Algunos pasajeros intentaban salir por las ventanas de vagones destrozados. La angustia de las personas atrapadas, pidiendo socorro, y las de las que se sentían impotentes para auxiliarlas, dominaba la escena mientras las ambulancias comenzaban a trasladar a los heridos entre vagones retorcidos y volcados. Alguno de los rescatados estaba aprisionado bajo un fallecido.
El testimonio de una viajera que veía que no podía acercarse a su hermana embarazada, que estaba inconsciente —porque estaba pisando a una niña— es la expresión de la angustia en estado puro. Esta chica consigue hablarlo con los periodistas, intenta ponerlo en palabras, se preocupa por su perro desaparecido. Tal vez eso pueda ayudarla porque las experiencias traumáticas confrontan al sinsentido mas radical y, con frecuencia, al silencio.
No solo puede resultar traumático el riesgo de la propia muerte. También puede serlo la exposición a la muerte y al sufrimiento ajenos o el verse obligado a elegir a quién se puede auxiliar. Algunos de los supervivientes que han salido ilesos nos dicen que han vuelto a nacer. Pero las personas que están bien y que vieron a gente muerta o muy mal también pueden quedar marcadas por lo ocurrido. En ocasiones, esta marca es la que se presenta como esa culpabilidad paradójica que puede acompañar al superviviente. Para algunos de los viajeros el poder haber tomado una posición activa de auxilio a otros puede, sin embargo, funcionar como un anti traumatismo
Otra dimensión de la angustia es la que acompaña a los familiares y amigos de las víctimas. En el momento de escribir estas líneas no todos los fallecidos han sido identificados. Y de algunos posibles viajeros sus allegados no tienen noticia. Pueden estar todavía aprisionados en los vagones más destrozados. La incertidumbre que esto genera resulta insoportable y todos los medios son pocos para esclarecer su situación. Identificar a los fallecidos y aclarar la situación de los desaparecidos es también prioritario.
Las circunstancias favorecen que esta tragedia deje marcas difíciles de superar en las víctimas y en su entorno. En cualquier caso, todo trauma pasa por una interiorización y convoca las experiencias previas de cada persona. Por eso, un acontecimiento de esta gravedad no traumatiza a todos los que lo han vivido y tampoco hay una relación directa entre haber estado expuesto a las situaciones más terribles y generar síntomas de estrés postraumático. Esto es algo a tener presente en la atención a las víctimas. Si la conmoción es inevitable, no forzosamente lo vivido quedará marcado como un trauma.
Otra dimensión de este accidente es, por el momento, la ausencia de explicación. El ministro de Transportes, Óscar Puente, en sus primeras declaraciones, ha expresado que es un accidente tremendamente extraño y muy difícil de explicar. Las causas, por el momento, son desconocidas, aunque algunos expertos ya apuntan a un posible mal estado de las vías. La ausencia de una explicación a esta tragedia la hace más inquietante, más siniestra, si cabe. Cuando algo no tiene explicación, podemos pensar que no hay un saber, en este caso técnico o de seguridad, que nos ampare. Si algo tan grave podría ocurrir en condiciones supuestamente normales, la desconfianza se vuelve inevitable. Saber la causa forma parte de la reparación material, pero también psicológica, a las víctimas.