Los pueblos necesitamos héroes. De desgracias, ya vamos servidos. Adrián Ben (Viveiro, 1998) es ese joven que nos entusiasma a todos. Mi compañero en La Voz X. R. Castro, especialista en atletismo, lo conoce bien. Es un chaval que es puro gen competitivo. Sexto en el mundial, quinto en unos juegos y ahora el jefe en Europa. Alucinante. Y todo de menos a más, con conocimiento y voluntad, como cuando se hacen las cosas con sentido en la vida.
Ganó una carrera de locos, en la que empezó como último. Pero Adrián Ben, además de correr con un estilazo con la cabeza alta que recuerda a Carros de Fuego, es el atleta con un genio del ajedrez dentro de su cabeza. Es el rey de la estrategia. Es como si nunca se pusiera nervioso, mientras los que lo vemos nos estamos muriendo de miedo. Él va a lo suyo. Que es lo que ha hecho toda su vida, desde que empezó por las corredoiras y entre silveiras, desde que se manchaba en el barro del cros, hasta que decidió apostar por el 800, una de las pruebas más exigentes. Una distancia que obliga a ser veloz y a tener fondo, una mezcla solo para genios.
Sucede que a Adrián Ben parece que le hubiesen extirpado los nervios durante las pruebas. Empieza diésel y termina en la explosión de la gasolina. Él va contando vueltas como si cumpliese etapas. Y deja toda la adrenalina que semejaba que no tenía para un final de dinamita que le llevó a robarle en la meta por tres milésimas el oro al francés. No hay adjetivos. Es puro corazón con una inteligencia de altura. Es uno de los nuestros en la cima del continente. Un chaval que no conoce la vanidad y que se distingue por sonreír siempre. Da gusto ser compatriota tuyo. Pareces un caballo bravo de A Capelada. Qué manera de correr y ganar. Un estalo en la meta.
Adrián cruzó la línea y se puso de rodillas a esperar el desenlace. El desenlace fue justo. Ganó el más rápido, pero, sobre todo, el más inteligente. No hay deporte más noble que el atletismo. Nada más libre y saludable que correr sin más. Adrián Ben, la flecha del viento. Pura energía eólica, ahora que están de moda las renovables. Europa se rinde a ti. No cabe más emoción en un minuto y 47 segundos de vuelo. Y encima le gusta leer a Domingo Villar, que es como paladear Galicia.