Han recuperado ahora un estudio del año 2000 en el que se buscaba determinar la presencia en nuestros sueños de cuatro actividades: leer, escribir, teclear y calcular. Resultó que ninguno de los encuestados se recordaba leyendo, escribiendo o tecleando en sueños. Tampoco me he soñado haciendo esas cosas. Nunca. Pese a que son las tres actividades en las que empleo más tiempo de mi vida, después del propio dormir. Se me vino a la cabeza el famoso epitafio de Rilke: «Rosa, oh, pura contradicción, alegría de no ser sueño de nadie bajo tantos párpados». Y pido disculpas por el bajón prosaico, pero lo de la rosa ocurre también con el móvil: no es sueño de nadie bajo tantos párpados. Al menos yo no me recuerdo usando el teléfono en ninguna peripecia onírica. Seguro que hay una explicación.
Me figuro que nadie sueña, dormido o despierto, con un diciembre sin Navidad. Sería una pesadilla, al menos para los niños. La primera Nochebuena inauguró la Historia hacia adelante, hacia un futuro, y liberó a la humanidad del bucle antiguo en el que se había encerrado: el ciclo de las edades y las estaciones siempre repetidas, el del destino sin libertad, marcado por unos dioses crueles. Inauguró la ilusión.
Los sábados próximos son días sin periódico: Navidad y Año Nuevo. Así que aprovecho para desearles unas fiestas dichosas, aunque sintamos el dolor inevitable de las ausencias, la falta de quienes tanto gozo trajeron a nuestras vidas. Un dolor muy navideño que curamos con presencias: las de cuantos nos quieren porque sí y a los que queremos porque sí, los que alivian nuestra existencia solo porque están. Feliz Navidad y que les pille esperanzados un 2022 rebosante de alegrías.
@pacosanchez