El futuro peaje de las autovías

OPINIÓN

Santi M. Amil

En España aún es posible mantener durante decenios un debate falso que, por estar mal planteado, no tiene solución. Así sucede con el debate sobre las autovías, que, en vez de estar centrado en quién y cómo debe pagarlas, versa sobre si hay que pagarlas o no. Y así, por el camino errado, ya estamos de acuerdo en dos grandes falsedades: que la injusticia de las vías de pago se solucionaría nacionalizándolas; y que las vías gratuitas, que nacen y crecen como las amapolas, son hitos de colectivización ética e inapelable. 

La verdad es muy distinta, ya que todas las infraestructuras se pagan, y su sola conservación compromete la sostenibilidad de la red que hemos creado. Y cuando alguien no paga directamente su viaje solo se debe a que lo paga indirectamente, con impuestos que cargan indiscriminadamente sobre los que viajan y los que no. Cuando decimos que los habitantes del Morrazo viajan libremente a Vigo, solo estamos celebrando que su peaje lo pagamos todos con impuestos, sin distinguir al vigués que va a la playa, o al cangués que va a ver un partidazo del Celta, del agricultor de Vilardevós que tiene que ordeñar los domingos, o del marinero muxiano que se tira seis meses en Namibia, y que nunca cruzan Rande. Y eso significa que el peaje de unos puede ser más justo que la falsa gratuidad de otros.

Lo mismo sucede con las autovías. Cuando viajo en coche a Madrid, debo entender como más justo el peaje Santiago-Dozón, con el que pago el trayecto que hago, que la gratuidad Dozón-Ourense, cuya gratuidad soportan, vía impuestos, los vecinos de Ortigueira y Gondomar, que casi nunca, pasan por allí. Porque la injusticia no se genera cuando pagamos, sino cuando no pagamos. Lo injusto no es que yo abone el viaje que hago, sino que los sevillanos puedan llegar a Madrid sin pagar nada. Y eso solo se puede solucionar si todos pagamos, y no con la pura gratuidad. Si todos viajásemos igual, con los mismos automóviles, y tuviésemos idénticas infraestructuras, podríamos apelar a la liberación del pago, como hacemos con la sanidad o la educación. Pero habiendo millones de personas que apenas viajan, y zonas repletas de carísimas infraestructuras, mientras otras están dedicadas a proteger al buitre leonado, es obvio que no deberíamos sentir la injusticia cuando pagamos el viaje que hicimos, sino cuando nos asomamos a Madrid y vemos la colosal acumulación de infraestructuras que pagamos a escote todos los españoles.

La primera lección de economía pública -«todo se paga, y lo que tú no pagas otro lo paga por ti»- es la más fácil de aprender, y la que aún no saben muchos ciudadanos, ministros y catedráticos que solo ven los burros cuando están a dos pasos. Y, si no aprendemos eso, no vamos a saber que el debate no es si las autovías deben ser gratis o de pago, sino decidir si las vamos a pagar subiendo los impuestos de la gasolina, el IRPF y el IVA, o con un chip que cuenta los viajes y nos pasa la factura. Ese es el debate. Y lo demás es ignorancia, cara dura o demagogia.