La hora de Felipe VI


Juan Carlos I mostró una gran habilidad para, habiendo sido designado por Franco, convertirse en adalid de la Transición. Cierto es que se jugaba su futuro y el de la monarquía en el envite, pero le salió muy bien. A él y a todos los españoles que ansiábamos la democracia. Luego paró el 23-F, un golpe de Estado del que aún no se sabe todo. Así nació el juancarlismo, que hizo que la gran mayoría de los españoles apoyaran la monarquía constitucional. Tras decenios de silencio sobre sus actividades y continuas loas a su persona, el accidente de Botsuana abrió la espita para criticarlo. Lo demás, ya lo sabemos todos, el que fuera héroe nacional ha echado por tierra su prestigio con comportamientos deleznables, en las antípodas de la ejemplaridad que cabía exigirle. Ha dañado gravemente la institución y se lo ha puesto difícil a su hijo, al que toca desmarcarse de esa parte negra de su legado. Ya lo viene haciendo desde que fue coronado. Pero ahora, dadas las circunstancias, tiene que ser contundente, alejarse claramente del emérito, mostrar perfil propio y profundizar en la vía de la transparencia, la renovación y la integridad de la Corona. Del anterior monarca sí puede aprender algunas cosas. Sobre todo, a no dejarse manipular por los partidos que pretenden utilizarlo y monopolizar su figura ni por los militares nostálgicos del franquismo. Nada se le puede reprochar en ese sentido, pero quizá ha llegado el momento de dejarlo más claro. Y el discurso de Nochebuena es una buena ocasión. Juan Carlos I ha dado munición a los republicanos -Unidas Podemos y los secesionistas tratan de aprovechar lo que les ha servido en bandeja- y provocado desconfianza hacia la monarquía en amplios sectores sociales. Es la hora de que Felipe VI revierta esta situación.

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