Vender el alma a Bildu


Es paradójico que la votación que puede permitir a Sánchez llegar al final de su mandato -la que ha despejado la futura aprobación de la ley de Presupuestos- sea también la que ha situado al PSOE ante un abismo político y moral sin precedentes desde su vuelta a la legalidad tras el franquismo.

Para constatarlo basta enumerar los motivos que los partidarios del pacto con Bildu han aducido en su defensa, todos ilustrativos de un hecho sobradamente demostrado por la historia: que nunca puede defenderse una causa ignominiosa con buenos argumentos. Odón Elorza (en todas los partidos hay siempre un Odón Elorza dispuesto a hacer la sale besogne) califica de traidores, por «hacer el juego» ¡al PP y a Vox!, a los dirigentes regionales que se han atrevido a discrepar de la nauseabunda componenda; la vicepresidenta Calvo sostiene que lo que cuenta es aprobar los Presupuestos y el presidente de la Diputación de Lugo, entre otros, proclama que los 350 diputados tienen idéntica legitimidad, razonamientos ambos (es un decir) que hubieran permitido pactar con Batasuna cuando ETA asesinaba a docenas de personas anualmente; Abel Caballero ha retrucado que cuando Bildu vota con el PP su voto es bueno, olvidando que la cuestión no es el voto, que obviamente cada grupo expresa como quiere, sino el pacto con que el PSOE ha conseguido el apoyo de Bildu a cambio de convertir a los herederos de ETA en socios del Gobierno en la «dirección del Estado»; y Sánchez, en fin, se expresa, como tantas veces… con su clamoroso silencio, convencido, de que, en política, lo único importante es ganar, cada día, un día más. Y arreando, que es gerundio.

Ese clamoroso silencio, roto solo por unos pocos socialistas, se ha extendido al conjunto de un partido transformado por Sánchez en un obediente batallón, lo que ha puesto dramáticamente de relieve la ruina moral de una organización que ha aceptado lo que cualquier partido democrático en Europa hubiera considerado inadmisible. Esta habría sido la ocasión para que muchos miembros del PSOE hubieran dado un paso al frente, siguiendo tanto la certeza que expresó un día Winston Churchill (que de todas las virtudes el valor es la más importante porque es la condición necesaria para todas las demás) como aquella otra manifestada por Jeff Flake, un senador norteamericano que, pese a ser muy conservador, se negó a convertirse en peón de un ya enloquecido Donald Trump con el argumento de que «uno siempre puede encontrar otro trabajo, pero no otra alma».

Habría sido la ocasión, pero no lo fue. Y así mientras el PSOE se hunde en el fango al que lo conduce una dirección sin más estrategia que la que hicieron celebre aquellas pilas del osito que tocaba su tambor (durar, durar y durar), Iglesias se ha adueñado del negocio: él es hoy quien fija la política suicida del PSOE y el que pone y quita aliados a un Pedro Sánchez que ha aceptado el trágico papel de hombre de paja con tal de seguir ejerciendo una cada vez más ficticia presidencia del Gobierno.

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