¿Y nos preguntamos qué hicimos mal?


Aún nos preguntamos qué hemos hecho mal? ¿Y la OMS dice no entender qué está ocurriendo en España para que seamos el ejemplo que nadie quiere seguir? ¿Aún no entendemos por qué en siete meses no fuimos capaces de situarnos en un lugar similar al del resto de países del entorno? Pues debe de ser que no estamos al día de lo que ocurre y que desconocemos la idea que tienen nuestros dirigentes de afrontar esta situación de caos y desánimo. Porque a nada que sigamos la actualidad entenderemos lo que nos ocurre.

Con Madrid a la cabeza europea de incidencia del coronavirus, con España situada como tercer país de Europa con más muertes y el séptimo del mundo en contagios, y con los peores resultados económicos de la UE, nos pasamos el día discutiendo sobre las competencias de cada uno de los responsables políticos. Y dejamos que los tribunales, contradiciéndose los de Madrid con los de Castilla, ejerzan de científicos y decidan la forma en la que acabar con el virus.

De por qué estamos donde estamos da idea el hecho de que la misma dirigente que recurre un confinamiento perimetral pide aterrorizada a sus ciudadanos, que no salgan de sus casas. Eso, horas después de que levantaran las restricciones que impugnó. Y puede dar idea también el que cuatro meses después de acabar el estado de alarma no disponemos todavía de un marco legal que permita la adopción de medidas sin que sus señorías actúen como epidemiólogos. O que la presidenta de Madrid, torpedera permanente, obcecada por desgastar al rival, se niegue a confinar como hacen Ourense, Palencia, León y otros muchos lugares y a tomar medidas drásticas como París, Bruselas, Alemania, Italia y medio mundo. Con mejores cifras.

Lo que ha ocurrido desde el mes de febrero retrata a nuestro país. No es posible encontrar un rincón en todo el mundo que nos iguale en despropósitos y disparates. Hablamos a diario de la irresponsabilidad de quienes no respetan las normas dictadas, pero nos olvidamos del desprecio de quienes nos gobiernan. Y mientras, seguimos contando los muertos por cientos.

Llegamos a donde jamás pensamos llegar. A donde la estrategia y la gresca política se sitúan muy por encima de la salud y la vida de los ciudadanos. Nuestra existencia está en manos de una clase política que se dedica a obtener réditos electorales. De la peor clase política jamás imaginada.

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