El extraño virus que ataca la economía

dpa

La presidenta del BCE, Christine Lagarde, reclama a la UE medidas urgentes y coordinadas para evitar que la economía europea se despeñe en una crisis similar a la del 2008. El fantasma de la Gran Recesión, que arrojó a millones de personas a la cuneta del desempleo, cobra cuerpo. Una amenaza tan seria exige una respuesta tan contundente como la reacción sanitaria. Una recaída en el abismo de la recesión puede ser tan letal, en número de infectados e incluso de muertes, como una pandemia de coronavirus. El problema, a la hora de levantar las barreras defensivas, estriba en que nos enfrentamos a virus desconocidos. Al no contar con diagnósticos fiables ni saber cómo evolucionará la enfermedad, no conocemos el remedio adecuado. Estamos abocados a dar palos de ciego o limitarnos a atacar los síntomas y rebajar la fiebre.

Gobiernos y economistas están desconcertados. Busco entre mis autores de referencia y no encuentro un diagnóstico concluyente. Ni siquiera existe acuerdo sobre si nos hallamos ante una crisis de oferta, de demanda o de ambas cosas consecutivas. En origen hubo un shock de oferta: el coronavirus irrumpió en China, la gran fábrica del mundo se paralizó y los suministros para Occidente quedaron varados en puerto. Cayó la producción y con ella la demanda de energía, estalló la guerra del petróleo y la cotización del crudo se desplomó. El virus del pánico, junto a las medidas sanitarias aprobadas, hizo el resto y la demanda embarrancó, de forma acusada en el transporte y el turismo: vuelos cancelados, buques atracados, eventos suspendidos, viajes aplazados...

En todo caso, aunque todavía no conozcamos el genoma del bicho, hay que actuar para mitigar sus perniciosos efectos económicos. Muchas empresas ya están infectadas: su producción ha caído, pero tienen que seguir pagando sus salarios y reembolsando sus préstamos. El Gobierno tiene la obligación de aliviar esa situación, con inyecciones de liquidez o vitaminas fiscales o incluso regulaciones de empleo estrictamente temporales, hasta que amaine el temporal. Y hacerlo sin deteriorar aún más el mercado laboral y sin errar el tiro como hace el PP, que propone, ya que la rebaja de impuestos parece servir para un roto y un descosido, reducir a la mitad el impuesto de sociedades. Si la actividad disminuye ya se encargará la crisis, ella solita, de rebajar los beneficios y el impuesto que los grava.

Nos enfrentamos a una crisis causada por un virus extraño. No por una guerra o una catástrofe natural que arrasase el sistema productivo. Tampoco por unos señores de turbante que llevasen los precios del petróleo a las nubes, como en los años 70 del siglo pasado, o por la explosión de una bomba financiera, como en el 2008. Extraña crisis esta. De ahí surge la inquietud: el pánico a lo desconocido. Y de ahí brota la esperanza: quizá la economía solo está en cuarentena. La V del optimismo: rápida caída en el abismo y recuperación igualmente veloz. Morirán los microbios y los contenedores varados en China zarparán de nuevo. ¿O no?

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