Las dos vidas de Emmanuel


Quizás atrapados por la vorágine informativa del coronavirus y el goteo de datos y casos -otra cosa es que nos creamos todo lo que se nos está diciendo aquí y allí-, ha pasado casi desapercibida otra noticia, esa de las que te hacen reflexionar y punzan el corazón y quizá el alma misma. De esas que duelen, aunque tal vez desde el interior del ser humano y esa gran lotería que es la vida, la enfermedad y la muerte.

Emmanuel tenía solo diez años y ha tenido dos vidas. Hasta hace prácticamente un mes, una, henchida de dolor, de enfermedad e impotencia de sus padres para curar a su hijo. Desde hace poco más de un mes, otra vida, completamente nueva. Llena de luz, de esperanza, de gratitud y de futuro. La mala suerte ha querido truncar esa vida, la nueva, la del futuro. Y ahí te das cuenta otra vez de la enorme fragilidad de la vida de los hombres, aquello tan manido y repetido de que «estamos de paso»; sin embargo, cómo cambia el paso de unos y de otros.

Emmanuele había sido operado por el doctor Cavadas. Tenía una masa tumoral más grande que su propia cabeza. Dos intervenciones y otras a futuro que vendrían para terminar de reconstruir su rostro. Hay una foto del pequeño niño del Congo horas antes de embarcar en un avión. Apenas se percibe otra imagen que la de la alegría, la felicidad, las ganas inmensas de vivir y la gratitud. Una imagen plena, de esas que transmiten más allá de un pixelado neutro. Apenas iniciando el vuelo, un atragantamiento con tos intensiva seguida de hemorragia acaban con la vida de este pequeñín. Un pequeñín que había vuelto a nacer, que lo tenía todo por delante. Una segunda vida que solo puede entenderse desde la primera. Un pequeñín que tuvo la suerte de que en su camino se cruzase un gigante con su equipo, el doctor Cavadas. Basta solo ver el comunicado de este profesional de la cirugía tras conocerse el desenlace fatal y la altura humana del mismo. Médicos y cirujanos que no dejan a nadie indiferente. De esos hay muchos, pero están en un plano anónimo normalmente.

Hace unos días reflexionaba en Roma sobre el sentido de la vida, de Dios y tantas y tantas otras reflexiones que al ser humano nos rebotan y vuelven incesantemente. Preguntas y respuestas, si las hay, que terminan fortaleciendo y, sobre todo, agradeciendo el hecho mismo de vivir, de amar, incluso de sufrir. Pero noticias como las de Emmanuel no te dejan indiferente, no deben hacerlo. Máxime si miras a tus hijos de parecida edad. Te golpean, pero también abofetean el egoísmo y el hedonismo en que vivimos y viven nuestros hijos absortos en lo superficial y perdidos en lo verdaderamente esencial.

La vida de hoy es así en estas sociedades cada vez más vacías y hedonistas de sí mismas. Emmanuele es solo una luz y un ejemplo del que hay muchos cerca de nuestros hogares y vidas que no queremos ver, como fue el pequeño Aylán, cuyo cuerpecito sobre la arena de una playa turca conmovió al mundo, pero solamente un instante antes de que la hipocresía volviese a reinar y a envolverlo todo.

Por Abel Veiga Jurista y politólogo

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