El terrorismo machista, suma y sigue


El triple asesinato de Valga nos ha dejado con la rabia y la denuncia en el cuerpo. Estos crímenes, que vienen a engrosar la lista sangrienta de un final de verano muy trágico, son representativos del terrorismo machista, cuyo epicentro es el ejercicio de la violencia estructural que está como tal siendo cuestionada con fuerza por ciertos sectores de la sociedad. No comprender el carácter instrumental de la violencia -desconocer que esta se ejerce con el objetivo de mantener las relaciones de poder en función del género- hacen que esta perviva y se recrudezca. Estos hombres asesinan porque se sienten con el derecho de hacerlo. El asesinato dentro del ámbito de las relaciones amorosas es solo la punta del iceberg de una violencia ejercida contra las mujeres a diario en todos los espacios. Todas las formas de ejercerla se entrecruzan para generar una red cuyo efecto final es entorpecer e incluso impedir el acceso de las mujeres al uso pleno de sus libertades y derechos.

Que la violencia ejercida contra las mujeres excede el ámbito doméstico es un hecho también reconocido en el Convenio de Estambul, que criminaliza delitos tales como la práctica de la mutilación genital femenina, el matrimonio forzoso, el acoso, el aborto forzado y la esterilización forzada.

La violencia se mantiene entre otras razones porque es negada, porque hay un esfuerzo importante por intentar invisibilizarla y que aparezca como un hecho fortuito, excepcional, cuando en realidad es solo el emergente de algo muy general y común. El ejemplo más claro de esta estrategia es el retorno de la vieja denominación de «violencia doméstica», que elimina la especificidad de la violencia ejercida contra la mujer por el solo hecho de serlo. No hay mejor lugar que una playa para ocultar arena.

Una de las principales críticas que van ganando adeptos y adeptas, contra las leyes que protegen a las mujeres de la violencia machista son aquellas que argumentan la supuesta discriminación de los hombres. Sabemos que el principio de igualdad, que es esencial para los derechos humanos, no significa más que un eslogan vacío o, peor aún, cargado de prejuicios si no se comprende que realidades diferenciales requieren tratamientos diferenciales y en consecuencia considerar de modo igual a personas afectas por realidades diferentes no promueve igualdad, sino discriminación encubierta.

Mujeres y hombres no estamos en posiciones de igualdad. Sostener pues que debemos ser tratados de modo igual da sustento a la perpetuación de la discriminación y al ejercicio de la violencia que se usa para perpetuarla.

A pesar del esfuerzo en sensibilización y formación en materia de género a lo largo del tiempo y a los avances conseguidos por el movimiento feminista, todavía las mujeres continuamos respondiendo al mandato del «amor», al darlo todo sin pedir nada a cambio y a una serie de eslóganes relacionados con el amor romántico, que operan desde nuestro imaginario colectivo y personal. Y los hombres continúan sintiéndose dueños de nuestros cuerpos, nuestras vidas y nuestros destinos. Mientras todo esto continúe siendo así, la violencia no acabará, continuará en aumento y la sociedad entera continuará lamentándose ante cada muerte pero sin tomar conciencia de la responsabilidad que todos y cada uno tenemos en ella.

Por Antonia Ávalos Torres Asociación Mujeres Supervivientes de Violencias de Género

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