Perfume a churros


Para los amantes de los churros el verano -salpicado de verbenas y churrerías móviles- es una tentación.

Los churros son un estandarte de nuestra cultura aunque existen hipótesis que lo niegan, como la que sostiene que los churros son un invento chino que trajeron nuestros hermanos portugueses, algo poco creíble dada la carencia de aceite de oliva en aquellas tierras y el hecho de que los churros solo se comen aquí y en países de influencia ibérica: América Latina, Francia, Filipinas, Bélgica y EE.UU.

Más creíble es su origen como invención de pastores españoles para sustituir al pan fresco.

El churro es un emblema patrio comparable al jamón o la tortilla de patatas. Delicias minimalistas de cercanía: harina de trigo, agua, sal, aceite y azúcar; hay quien dice que los diferentes grosores y troquelados son los que marcan la diferencia. El churro es alimento efímero que debe tomarse recién sin que pierda sus exquisitas propiedades de temperatura y textura, incompatibles con los fríos y blandos de algunos locales herejes. Las versiones congeladas al por mayor son otra ofensa inútil a su grandeza. Pero el churro ha sabido reinventarse en no menos exquisitas variantes como las porras -que encuentran su templo en Madrid- cuya diferencia está en un poco más de harina y levadura (habitualmente bicarbonato sódico); o los tejeringos que saborean en el sur, más complejos, elaborados con una masa fresca que no admite demoras ni reservas, más contundentes y con textura de buñuelo, pero igualmente exquisitos. 380 calorias por cien gramos de delicias. Desayunar con diamantes fritos en buen aceite de oliva sin sobreexplotar, es un humilde placer peninsular y el perfume del verano.

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