Los partidos políticos no quieren que su nombre transmita su ideología. Por ejemplo, Ciudadanos acaba de declararse liberal y españolista. En vez de llamarse Partido Liberal Español, tiene un nombre genérico, que engloba a todos, incluidos los que no saben qué significa ser liberal. Alguno siquiera acudirá al Diccionario para conocer la definición de liberalismo: «Doctrina política que postula la libertad individual y social en lo político y la iniciativa privada en lo económico y lo cultural, limitando en estos terrenos la intervención del Estado y de los poderes públicos». Si luego vota a Ciudadanos, es porque cree que de la economía y de la cultura deben ocuparse los empresarios. Otros partidos nuevos tienen nombres metafóricos, que también ocultan la ideología (Podemos, En Marea, Compromís, Junts pel Sí), frente a los nombres de los partidos viejos, que más o menos la incluyen (PSOE, ERC, PNV, BNG).
El Partido Popular es el menos popular por la ideología, pero es el más popular porque es el más votado por el pueblo. En vez de llamarse Partido Conservador, da por hecho que los demás no son populares, aunque algunos reclamen la unidad popular. Con un líder, druida de la redundancia y la reducción al absurdo, que añade a la ambigüedad del nombre la del mensaje, el PP posee la pócima del populismo popular. El PSOE heredó un nombre más preciso, pero una vez que ha dilapidado la herencia, al sustituir la socialdemocracia por el socioliberalismo, no hace honor a la tercera de sus siglas, ni a la segunda. Podemos, en la búsqueda de significantes flotantes, confunde denominación y eslogan, al optar por una conjugación verbal en primera del plural, que significa entre todo y nada, para evitar un nombre como Partido Radical, porque el término radical trae connotaciones negativas, a pesar de que, según la RAE, un radical no es un incendiario de contenedores de basura sino «un partidario de reformas extremas».
Los partidos y los ciudadanos tienen percepciones diferentes. No hay más que ver las encuestas del CIS sobre el espectro ideológico. Los del PP insisten en que su partido está en el centro, pero los ciudadanos dicen que está al fondo, a la derecha. Los del PSOE insisten en que su partido está a la izquierda, pero los ciudadanos lo colocan cada vez más en el centro. Los de Podemos insisten en que su partido es transversal, pero los ciudadanos lo consideran un partido radical de izquierdas. Los nombres de los partidos son cebos para pescar votos en el río revuelto de la indefinición. El lenguaje no es turbio; es la política la que baja turbia.