Recuerdo una visita a la asamblea del Fidac en Londres, cuando se discutían los primeros pagos por la catástrofe del Prestige. Me sorprendió entonces el belicismo de algunas delegaciones y corporaciones -especialmente las aseguradoras- hacia la negativa española a dar refugio al Prestige, la unanimidad con la que se defendía que un Estado arriesgue su costa -un bien colectivo- para que un solo armador pueda seguir transportando fuel pesado por todo el mundo en un buque de dudosa fiabilidad. Ahora me sorprende aún más el reciente documento del Fidac cuestionando la sentencia del Prestige del Tribunal Supremo, rompiendo la necesaria neutralidad de un organismo internacional que debería tener a las víctimas, y no a las empresas, como santo y seña.
El documento es en realidad un cerrado alegato del status quo marítimo y su sistema asegurador. No solo eso: sale en defensa de una aseguradora y su póliza de 1.000 millones de dólares a la que apunta la sentencia, como si el London P&I Club no tuviera ya los mejores y más caros bufetes de abogados para defender sus intereses. Llama la atención la alegría con la que se cuestiona una sentencia de prestigiosos magistrados del Supremo cuando el propio fondo reconoció su insuficiencia indemnizatoria para abordar el caso del Prestige, aprobando una ampliación de las compensaciones meses después del accidente. Ese depósito suplementario se parece más a la póliza contra la que irá la ejecución de la sentencia que al fondo de 150 millones del Fidac. Pero llegó tarde para los afectados particulares y para el mayor damnificado por el Prestige: la Hacienda pública española.
Galicia es un territorio que nunca entenderá estos tejemanejes. Aquí se sufren las mareas negras como los terremotos en California. Siempre esperando el big one. Con una cadencia histórica que asusta y que ha propiciado una necesaria hipersensibilidad ecológica. La diferencia con esos desastres naturales es que muchos de estos accidentes podrían haberse evitado. Sin ir más lejos, si el Prestige no hubiera sido asegurado jamás habría dejado de ser una gasolinera flotante en el estuario de San Petersburgo. Allí no molestaba a nadie ¿Aseguraría una empresa de seguros a un conductor temerario? Esa es la cuestión de la que el Fidac no habla, desentendiéndose de su razón de ser: estar del lado de las víctimas de los vertidos y no del sistema que los ha propiciado, basado en afrontar riesgos enormes con aportaciones muy pequeñas de los asegurados.