Usos y abusos de la historia

Xosé Carlos Arias
Xosé Carlos Arias VALOR Y PRECIO

OPINIÓN

08 nov 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

El historiador económico Barry Eichengreen publicó hace unos meses un libro, Hall of Mirrors, de lectura muy recomendable. Se plantea en él el problema del uso del conocimiento histórico para hacer frente a los problemas del presente. No es raro que un libro con esos contenidos aparezca en estos momentos: a lo largo de los últimos años, en el contexto de la crisis del mundo industrializado, han sido frecuentes, y por lo general fructuosos, los intentos de establecer comparaciones con experiencias del pasado. En ese sentido, la memoria de los acontecimientos económicos de los años treinta ha sido de la mayor utilidad.

En el turbulento otoño del 2008, ante la visión del abismo, el G-20 y numerosos Gobiernos hicieron un llamamiento a actuar con prontitud y decisión para evitar otra Gran Depresión. Curiosamente, a la cabeza de la política económica en Estados Unidos estaban dos académicos conocidos por sus estudios sobre aquel período -el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, y la principal asesora de Obama, Cristina Romer-, por lo que, de un modo expreso, las nuevas políticas por entonces puestas en marcha tuvieron mucho que ver con el deseo de no reincidir en los graves errores de los treinta. Muchos creemos que estuvo ahí la clave de que en aquel momento no se produjera un hundimiento general (aunque, por tratarse de un contrafactual, no es posible darlo por seguro).

Ya pensando en Europa, en los últimos años ha sido muy común comparar la política de austeridad impenitente con el llamado error Brüning (por el canciller alemán de los primeros treinta), que seguramente tuvo mucho que ver con la tragedia posterior de aquel país. Algo que nos ha hecho recordar lo acertado de la famosa máxima de Santayana: quien no conoce los errores del pasado está condenado a repetirlos.

La historia, pues, lejos de ser una reliquia, puede ser algo de gran ayuda para resolver problemas complejos de la actualidad. Pero también se puede convertir en un peligro. El propio Eichengreen recuerda diversos casos en los que el manejo interesado de episodios históricos ha servido para desencadenar tragedias. Un ejemplo ajeno a la economía es el uso del espantajo del appeasement (es decir, la política de intentar apaciguar a Hitler por parte de algunos dirigentes democráticos, como Chamberlain), para justificar intervenciones militares como la de Irak. De José María Aznar a los neocon norteamericanos, mucho corrió de boca en boca esa palabra durante la invasión.

Otro ejemplo de mal uso de las comparaciones históricas lo podemos ver ahora mismo en la deriva locoide del desastre catalán: dejando al margen algunos disparates de interpretación (muy clara en relación con sucesos como los de 1714), la memoria insistente de la proclamación unilateral del Estat Catalá en 1934 parece estar actuando como un catalizador de esa deriva. El buen uso de la historia estaría en recordar en qué terminó aquel episodio.