Galicia, verano


De siempre el tráfico de verano muestra señales propias. Es un régimen de circulación de vehículos especialmente rápido, inquieto, dislocado, en la búsqueda de las áreas costeras, en la asistencia a acontecimientos de distinto carácter, como espectáculos deportivos o musicales, fiestas patronales o para la exaltación de productos elaborados naturales, etcétera.

También, al menos en nuestra tierra, la modernidad ha traído un nuevo modo de ocio que se apoya en el automóvil, ya desde el medio rural. A más, cabe añadir la gran dispersión poblacional y esa singularidad de la región gallega -ver estudio de M. Villarino- que consiste en «la multisecular tendencia de la población gallega a autoabastecerse? la población ha tenido siempre una gran movilidad».

Todas estas circunstancias explicarán que se acrecienten los niveles de riesgo de tráfico y que a la hora de las cuentas también las cifras de la accidentalidad alcancen máximos anuales. Parece como sí una ley inamovible decretase que en los meses centrales del verano la inseguridad vial marche in crescendo. Por lo demás, no cabe otra recomendación que el recurso a la cautela cuando haya de utilizarse el automóvil en beneficio propio.

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