Repite Cayo Lara, coordinador general de IU, que el PP y el PSOE comparten un programa oculto de carácter neoliberal y que, para defenderlo, montarán «un teatro de guiñol» en el que, durante la próxima campaña electoral, se «aporrearán» dialécticamente para hacernos creer que de verdad uno representa algo distinto del otro.
Su argumento tiene un objetivo claro y legítimo: intenta llevar el agua ?sea cual sea su origen? a su molino. Porque si el PP y el PSOE tuviesen ese programa oculto, IU podría presentarse como la alternativa a ambos a la vez, es decir, al neoliberalismo fatal que nos ha arrastrado a todos los retrocesos sufridos en los últimos siete largos años. Lo malo para IU es que el PP y el PSOE no solo no tienen un programa común oculto, sino que se proponen hacer público cada uno el suyo y demostrar ?al menos con las palabras? que las coincidencias son muchas menos de las que desea ?y de las que necesita? Cayo Lara para remontar electoralmente. Sospecho que será el propio Lara el que deberá empezar a explicar en detalle su programa si quiere salir de la fase en que está: la de «aporrearnos» con su monólogo contra la consolidación del neoliberalismo en España y en la UE. Porque así no creo que logre tumbar al PP y al PSOE.
Lo bueno de una democracia es que ya nos conocemos todos y sabemos de qué pie cojea cada uno. Y contra esto es difícil luchar. Nadie cree que el PP no vaya a comportarse como lo que es. Nadie cree que el PSOE comparezca como algo distinto de la socialdemocracia que representa. Y, por supuesto, nadie espera que IU se nos revele como algo diferente de lo que suman sus siglas (antiliberalismo, antiglobalización y, por supuesto, una dosis ?no sé si oculta? de comunismo irredento).
Por esto creo que ninguno de ellos debería gastar mucho dinero en la campaña. A mi juicio, el pescado está vendido, y las sorpresas ?poco probables? ya no dependen de lo mejor o peor que se aporreen entre ellos o nos aporreen a nosotros. Y, por favor, que no se dediquen a hacer chistes y gracias, porque para eso tenemos a nuestros humoristas profesionales que, sin ser unos genios, por lo menos no hacen el ridículo.