Un señor que lucha por su salud no puede ser jefe de Estado

Tino Novoa EN LA FRONTERA

OPINIÓN

21 sep 2013 . Actualizado a las 06:00 h.

No puede ser que todo un país esté permanentemente en vilo por el estado de salud de una persona. Por mucho que esa persona sea el rey. O precisamente por eso. Porque es el jefe del Estado, porque sus funciones son indelegables, está situación de interinidad no debería prolongarse sine die, ya que altera gravemente el normal funcionamiento de las instituciones. Por su propio sentido de responsabilidad, se espera del rey que valore todas estas circunstancias y tome la decisión más adecuada para los intereses generales del país.

Entra dentro de lo normal que, como cualquier otro ser humano, tenga problemas de salud y necesite de un período más o menos largo de recuperación. Como diría su amiga Corinna Sayn-Wittgenstein, «él es ahora un señor mayor que está luchando por su salud». Y como tal, goza del apoyo, la solidaridad y los mejores deseos de todo el pueblo español. Pero ocurre que, entre unas operaciones y otras, don Juan Carlos lleva prácticamente un año de baja. Y ahora puede que necesite seis meses más. Un plazo de inactividad que en la actualidad, con la reforma laboral en la mano, sería causa más que suficiente en muchas empresas para el despido.

Don Juan Carlos necesita reposo, pero al rey se le demanda vigor para atender los problemas de España, que son muchos. Empezando por el cisma territorial con Cataluña, que requiere del arbitraje que la Constitución encomienda a la Corona. Pero no está, o al menos no lo parece.

No puede confundirse a la persona con la institución. Empecinarse en ese error, que ya viene de antiguo, perjudicaría su prestigio y, lo que es mucho peor, dañaría irreversiblemente la reputación de la monarquía. Los tiempos en los que el rey debía morir en la cama pasaron a la historia, como demuestran los monarcas centroeuropeos. La Corona ya no es un derecho divino, sino un oficio constitucional. Como tal, debe ser ejercido a pleno rendimiento. Y si no se puede, se renuncia en favor de quien está en condiciones de hacerlo porque ha sido preparado para ello durante años. Empeñarse en no abdicar perjudica su salud, a la monarquía y a su propio hijo, el heredero.