Según nos cuenta La Voz, vecinos de Coristanco alertaron el pasado viernes por la noche a la Guardia Civil ante la sospecha de que un desconocido estaba cavando de forma furtiva en una cercana plantación de patatas. Al parecer, al sentirse descubierto por una patrulla, el implicado salió corriendo, pero, tras el escaso resultado de su huida, el intento de defensa le llevó, según fuentes policiales, a tratar de convencer a los agentes de que su presencia en el huerto respondía a necesidades fisiológicas imposibles de aplazar.
No sé si los miembros del sacrificado cuerpo han tenido que inspeccionar el lugar del delito, tampoco si existen pruebas sólidas que ratifiquen la coartada del presunto delincuente, aunque espero que no, pero de lo que no cabe la menor duda es de que se trata de un tipo ingenioso. Tengo dudas de si este hombre consumía todas las patatas que sustraía o las repartía con sus colegas, ignoro también si tomaba notas de sus entregas o si, a modo de Robin Hood de los tubérculos, trabajaba en diferido para otros, pero no me negarán que nada hay más ocurrente que invocar un apretón cuando de tubérculos se trata.
Aunque sé que cualquier robo es delito, y más en año de mala cosecha, pido comprensión para este hombre. Si su coartada es cierta pasará un mal rato explicando al juez las debilidades de su esfínter tras una ajetreada noche, y si, al contrario, es verdadera, podrá invocar como eximente el estado de necesidad de una caldeirada y el precedente de que todos los gallegos hemos acudido alguna vez al maizal, aunque no siempre con intenciones recolectoras.
Muchos lectores se preguntarán a qué viene mi interés por un caso aparentemente irrelevante. Trataré de explicárselo. Les confieso que las andanzas hortícolas de este noctámbulo me han recordado inmediatamente un conocido caso de corrupción en el que han pillado en el huerto a algunos miembros del partido que hoy gobierna. Es verdad que la historia que hoy me ocupa es una versión mucho más rural, pero en ambos casos alguien ha sido sorprendido con las manos en las patatas y, también en ambos, los autores dicen que pasaban por allí.
Espero que los lectores sepan disculpar esta frivolidad veraniega, al fin y al cabo será la Justicia la que determine la responsabilidad penal en ambos casos, pero a mí me gusta ver los casos de corrupción desde una perspectiva campestre. Y, para aquellos que piensen que el paralelismo entre ambas historias está traído con sacho, les recordaré que en ambos casos se invocan los papeles, aunque, por ahora, solo en el de Coristanco sea el higiénico. En fin, ya lo dice el refranero: donde hay matas, hay patatas. Fin de la cita.