Cualquier análisis con los pies en la tierra, alejado de fanatismos y exento de propaganda, concluye que disponer de un sistema financiero sólido, saneado y eficiente es vital para preservar la economía de un país. Cosa distinta es que salvar los bancos suponga, de paso, salvar a algún energúmeno que engordó sus bolsillos y los de sus amigos. Que es lo que confunde a muchos. Se entiende que las reformas financieras aprobadas en España desde el inicio de la crisis (casi un decena, entre 5 grandes y otras menores) trataban de avanzar en esa vía, en la de asentar a la banca y evitar el colapso que se vivió en Estados Unidos, Islandia, Irlanda o Bélgica. Cinco años después de que esos países sanearan sus bancos, cerraran algunos y nacionalizaran varios, España está (sigue) en ese punto de partida. No sin cierta ambición, el Gobierno sostiene que la aprobada ayer es la reforma definitiva. La que evitará que se repitan crisis bancarias como la actual. Bien. ¿Y usted, cliente, dónde queda? De momento, en el margen de un real decreto que elude la principal finalidad de la banca: dar créditos. De eso nada se sabe. Lo que sí se sospecha es que con el cierre de bancos el ciudadano tendrá mucha menos oferta donde elegir. Algunos se frotan las manos.