No es solo ganar. La selección española culminó el domingo una de las mayores gestas de la historia del deporte. Jamás un equipo había dominado con semejante autoridad el fútbol internacional, ganando sucesivamente en cuatro años la Eurocopa, el Campeonato Mundial y de nuevo la Eurocopa. Ha conseguido el triunfo imponiéndose en todas y cada una de las facetas del juego. España es el equipo que más goles ha conseguido y el que menos goles ha recibido, solo uno. Uno de sus jugadores, Andrés Iniesta, ha sido distinguido como el mejor del torneo. En sus filas están el portero galardonado como el mejor del campeonato y también el máximo goleador. Pero, por encima de estos éxitos extraordinarios, el mayor mérito de nuestra selección es haberse convertido en un ejemplo de deportividad, demostrando que se puede ganar manteniendo un comportamiento modélico dentro y fuera del terreno de juego.
La proeza alcanzada por este formidable grupo de deportistas se engrandece al haberse conseguido en un país con una cultura futbolística lamentable, en el que los dirigentes de los clubes gastan irresponsablemente cada año cientos de millones de euros en fichajes mientras la Federación Española de Fútbol y la Administración consienten y casi alientan que acumulen una deuda monstruosa y dejen de pagar sus obligaciones fiscales con Hacienda. Un país, en fin, en el que la prioridad de los grandes clubes es ganar por cualquier medio, incluido el de meter el dedo en el ojo del contrario si es necesario, sin fomentar las virtudes asociadas al deporte.
Nada de esto puede detectarse en la selección española, que representa los valores opuestos. Los del respeto al rival, el juego limpio y el trabajo en equipo por encima de las individualidades, excentricidades y caprichos de estrellas generalmente maleducadas que abundan en los clubes y en el resto de las selecciones. En ese trabajo destaca por encima de todos la figura de Vicente del Bosque, convertido ya en una leyenda del fútbol y en uno de los entrenadores más laureados de la historia. Algunos jugadores que en sus equipos se comportan de manera poco deportiva e irrespetuosa con el rival se transforman en la selección dando ejemplo de compañerismo y sacrificio. Y eso solo puede atribuirse al mérito de un seleccionador que ha sabido transmitir a los jugadores su carácter tranquilo, su sencillez, su sentido común y su caballerosidad, sin mostrar jamás un mal gesto ante las críticas.
España debe estar agradecida a este grupo irrepetible de futbolistas, a esta rara combinación de talento e inteligencia, que ha conseguido algo impensable hace unos años, cuando practicábamos un fútbol cavernario. El triunfo de la selección llega en un momento muy difícil para España y servirá para elevar la moral. Sería muy deseable por ello que nadie trate de aprovechar políticamente un éxito que debe permanecer en el ámbito estrictamente deportivo.