Manifestante de primera


En política, como en cualquier otro ámbito de la vida, siempre hay estrellas y estrellados. Los primeros se dan la vida padre a costa de los segundos, y aun encima son vitoreados. Pero a lo que se atrevió el alcalde de Vigo, Abel Caballero, el pasado 1 de mayo, es de juzgado de guardia. Tal y como está el país, cuando millones de españoles no pueden permitirse ni coger un autobús, él va a la manifestación en coche oficial, cuyo conductor lo recogió un rato después en la puerta de una cervecería donde el regidor estaba tomándose unas cañas. Solo le faltaba el palio y sus portadores. ¿Es que nadie de su equipo le va a decir que a celebraciones de este tipo se tiene que acudir como uno más de la infantería ciudadana? Y además, le faltan arrestos para reconocer su error, y lo niega, cuando en la página 6 de La Voz del 3 de mayo aparece una foto que deja en entredicho su versión. Los promotores de la protesta lo invitaron como miembro del PSOE, no como alcalde, por lo que lo del numerito del chófer esperando a que terminara las cervezas es un escándalo. Acudir de esa forma a la fiesta de los trabajadores en un país con más de cinco millones de desempleados es un insulto. Es como ir de cooperante al Cuerno de África vestido de Armani y oliendo a Loewe.

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Manifestante de primera