Estoy hasta los píxeles

Javier Guitián< / span>

OPINIÓN

28 dic 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

«E l Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve de 5.895 metros de altura, y dicen que es la más alta de África. Su nombre es, en masái, Ngáje Ngái, la Casa de Dios. Cerca de la cima se encuentra el esqueleto seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicarse nunca qué estaba buscando el leopardo por aquellas alturas». Así comienza el relato de Hemingway Las nieves del Kilimanjaro, llevado al cine hace ya más de medio siglo.

Hemingway se sorprendería al saber que hace unas semanas un montañero ha encontrado a un perro vivo en la cima del Kilimanjaro. «Vi al perro tumbado a un metro de la roca en la que yo estaba», ha declarado el hombre que, cómo no, tomó una foto del animal con su teléfono móvil. Según nos cuenta la prensa, un juicioso veterinario ha declarado que es normal que un perro resista condiciones de frío extremo, pero es poco común que suba a la cumbre del Kilimanjaro; ciencia pura. Verán, no tengo ni la menor idea de que hacía un cánido en tan alta cima, ni me importa; tal vez subió acompañando a unos turistas, tal vez decidió pasar sus últimos días en soledad, al fin y al cabo es «la Casa de Dios», pero de lo que estoy seguro es de que no lo hizo para que documenten su proeza. Y esa es la razón de mi vigilia.

No hace mucho tiempo vi cómo un niño se caía en un parque de Santiago. Presurosa, su madre lo levantó y, tras ver que se había lastimado en la rodilla, tomó una foto de la zona ensangrentada con su teléfono móvil y procedió, después, a limpiarla. Los pasados días una ballena varó en una playa pontevedresa. Decenas de personas, a las que, según pude saber, les importan un pimiento los mamíferos marinos, se pasaron el día fotografiando el cadáver y enseñándose las fotos entre ellos; mientras, otros fotografiaban con el móvil a los fotógrafos. Les parecerá raro, pero empiezo a estar hasta los píxeles de tan extraños rituales.

Creo que los teléfonos móviles son unos instrumentos muy útiles: sirven para hablar a distancia si hay cobertura. También pueden documentar sucesos extraordinarios, pero hemos llegado a un punto en que lo que no está en la cámara del móvil no existe. Es verdad que una imagen vale más que mil palabras, pero yo no necesito un testimonio móvil de todo; si me dicen que hay un asno muerto en Baralla, me lo creo y punto.

La pasada semana observé cómo una treintena de personas bajaban de un microbús en O Cebreiro para fotografiar con el móvil algo excepcional: una vaca. Es verdad que cada vez quedan menos, que a casi nadie le importan ya, pero de eso a acosarla a modo de paparazis bovinos va un trecho. Les confieso que no tengo una foto de ese asombroso suceso, pero espero que me crean; de lo contrario, emulando al cánido africano, me refugiaré en la cumbre de Pena Trevinca; en gallego, o quinto carallo.