03 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LA VÍA rápida de O Salnés se la lleva el agua como si un niño la hubiese dibujado en la arena. Las subvenciones a Renfe sólo sirvieron para mantener trenes tercermundistas que circulaban vacíos. El embalse del Umia no fue capaz de evitar ni una sola riada. Vigo y otras ciudades vierten al mar sus residuos sin depurar. La Ciudad de la Cultura carece de proyecto intelectual. El desarrollismo urbanizador se hizo sobre ramblas y marismas que exigirán millonarias inversiones -como quien entierra el dinero- en los años venideros. Y de las grandes obras que el PP nos había regalado -trenes AVE a Medina, Bilbao y Oporto, autovía del Cantábrico, autovía de Ourense a Lugo, desdoblamiento de las vías rápidas a Ribeira y O Grove, segunda autovía de Vigo a Pontevedra, superpuertos y aeropuertos y otros mil milagros más- ninguna de ellas tenía su plazo en los 16 años de mayoría popular, y todas iban a realizarse e inaugurarse -¡qué casualidad!- en la quinta legislatura. Tiene razón Pérez Touriño cuando dice que Galicia está como un queso gruyer. Y más lo estaría aún si, en vez de analizar sólo el estado de las obras públicas, analizásemos también la financiación de las universidades, el sistema sanitario, el colapso de la agricultura, el nivel de acceso a las nuevas tecnologías, la atención a la tercera edad, y otros lópeces por el estilo, que conviven todos ellos con una población que tiene los salarios y pensiones más bajos de España, y que aumenta a pasos agigantados su envejecimiento. Es cierto que la disculpa del Gobierno anterior no puede durar toda la vida. Y también es verdad que el Gobierno bipartito no tuvo la valentía y la despabilación de hacer una auditoría política de la era fraguista para poner blanco sobre negro el derroche que se hizo de los fondos de la UE. Por eso tenemos pendientes dos tareas. Una, propia de la Xunta, que consiste en decir lo que no se dijo, arreglar lo que no se arregló, y enterrar dinero a mansalva en corregir viejos desastres y en tratar de poner el país, cuando menos, como un queso de Arzúa. Y otra, propia de los ciudadanos, que nos obliga a aprender en qué consiste el buen gobierno, a distinguir el clientelismo de la gestión, a no confundir las obras con sus placas y a no encomendar el mañana al paternalismo político. La sensación de tercer mundo que nos estamos ganando por España tiene algo de cierto y mucho de merecido. Y quizá haya llegado la hora de repasar lo que hemos dicho los analistas sobre aquella manía de gobernar desde el coche o desde el escaño, a base de genialidades baratas y de rasgar páginas del periódico. Porque la factura de aquella edad de oro -alemán- tiene hipotecado nuestro futuro.