Picasso

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

EL miércoles se cumplirán 125 años de su nacimiento en Málaga. Una década después, llegaba por mar a A Coruña para vivir cuatro años, desde los diez a los catorce. De un mar de fósforo a un océano de galerna, el cambio de luz le influyó. Sabido es que aquí hizo sus primeros pinceles y en una crítica en La Voz se le auguró éxito. Pero Picasso es más que el pintor. Es el personaje. Cuando paseaba con Gertrude Stein por París vio cañones camuflados y soltó: «Esto es cubismo». A Stein la retrató a su estilo y, cuando le dijeron que no se parecía el cuadro a la modelo, contestó: «Ya terminará por parecerse ella a la pintura». Tenía Picasso una mirada taladradora, unos ojos de niño, intensos. Todo lo hacía a manos llenas. «Cada cuadro es un frasco lleno con mi sangre», decía. Su madre le había pronosticado triunfos: «''Si eres soldado, serás general. Si cura, Papa''. Quería ser pintor y llegué a Picasso». A un oficial alemán le respondió a una pregunta sobre si el Guernica era una obra suya: «No, señor, eso lo hicieron ustedes». Los mitos son más sencillos de lo que parecen. De Picasso cuentan que le encantaba posar marcando sus atributos masculinos y no descartan que utilizase, como algunos toreros, pañuelos de papel para exagerar los tamaños. En su trabajo no había trucos: «Cuando voy a coger más azul y no me queda. Pues cojo rojo y pongo rojo». Un cuadro es un juego. Un artista nunca deja de ser un niño, crear es perderse en un laberinto de travesuras. Dudó de todo, hasta de su firma. Se quedó con el apellido paterno de su madre, de origen italiano, después de usar P. Ruiz Picasso, P. R. Picasso y hasta una mezcla de Ruiz y Picasso, Picazo. Decía que la doble ese le recordaba a las de Matisse, Poussin o Rousseau. El mismo Picasso que revolucionó el arte y que ha terminado por dar nombre a un coche. cesar.casal@lavoz.es