La constelación gallega de una postal de Navidad

OPINIÓN

03 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

CON UNA resolución insólita, el Gobierno gallego ha decidido impedir que los candidatos a los grupos de auxiliar y subalterno de la Xunta puedan realizar la primera prueba de su oposición en castellano. Es decir, en uno de los dos idiomas oficiales y reales del país. La medida, justificada con explicaciones peregrinas (asegurar la confidencialidad de los exámenes) o mendaces argumentos (controlar los conocimientos de gallego de los opositores) es, en realidad, mucho más trascendental por lo que indica que por los daños que puede producir a unos opositores acostumbrados en su mayoría a estudiar en castellano. ¿Pues qué indica, a fin de cuentas, ese secuestro de un derecho, por virtud del cual el Gobierno, que debe tutelar el interés de todos, asume una interpretación políticamente tan sectaria y jurídicamente tan inconstitucional de nuestro texto estatutario? Es muy sencillo: indica que el bipartito ha asumido el discurso lingüístico del Bloque, ese según el cual la existencia de castellanohablantes en Galicia (monolingües o bilingües) es una anomalía a corregir. Así se deduce también del chusco anuncio que ahora emite TVG: un niño habla un rato en un bellísimo gallego, tras lo cual una voz en off nos urge un imposible: «É a túa lingua; pásate ao galego». Pero, se pregunta el espectador estupefacto, ¿cómo puede uno pasarse a su lengua, si es la suya? El equívoco reside, claro, en ese discurso identitarista que ahora la Xunta asume oficialmente: quienes tienen lengua, según él, son las tierras y no sus habitantes, que, o hablan su lengua (es decir, la de su tierra) o se equivocan y deben enmendarse. Tal teoría, que hace del sectarismo lingüístico la clave para interpretar este país, conduce directamente a mutilarlo. A mutilarlo, sí, tomando la parte por el todo, como ha hecho, en un increíble ejercicio de falta de respeto, nuestra conselleira de Cultura -la de todos, y no sólo la de los nacionalistas- con una felicitación oficial de Navidad que ofrece la foto imaginada de una constelación cultural gallega, en la que -salvo las excepciones de rigor- están sólo los que el nacionalismo considera propios o vecinos. El problema no son, por supuesto, los que están, muchos de ellos amigos personales por los que siento sincera admiración. El problema reside en los que faltan. ¿O es que resulta concebible un cielo cultural gallego sin la Pardo Bazán, Fernández Flórez, Camba o Valle-Inclán? De hecho, sería curioso conocer el oscuro arcano que ha llevado a la conselleira a incluir, por ejemplo, a Helena Villar, Suso de Toro o Fernán-Vello y a excluir a Susana Fortes, Luis Rei o Luisa Castro.