Nostalgia del AVE

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

QUIENES hayan leído el pasado martes la noticia de los cuatrocientos gallegos que han pasado cinco horas en el páramo leonés en un tren sin calefacción ni luz, a cero grados de temperatura, quizá hayan reflexionado con pesar en la inmensa distancia que existe aún entre las promesas del Plan Galicia, incorporadas al Plan Estratégico de Infraestructuras y Transportes (PEIT), y nuestra tercermundista realidad cotidiana. Personalmente, he recordado mis viajes de estudiante de Lugo a Madrid en un tren similar al que, cuatro décadas después, ha protagonizado esta hazaña navideña. ¿Es posible que, en un plazo en el que tantas cosas han cambiado, nuestros trenes sigan igual? Uno se queda pasmado ante tanta inmutabilidad, que no se corresponde con el progreso en el que, por fortuna, se ha embarcado España. Confieso que yo soy un enamorado de los trenes de alta velocidad (los prefiero a los aviones o a cualquier otra modalidad de transporte) y quizá por ello estimo aún más lamentable la peripecia del Estrella Galicia , que une A Coruña y Vigo con Barcelona y que, en este caso, salió la tarde del domingo para llegar a su destino poco antes de las 18 horas del lunes. Echen cuentas y pregúntense en qué parte del globo terráqueo estamos. Desde luego no parece que sea en el primer mundo, por más que los mapas se empeñen en situarnos en él. Mi referencia a este suceso no tiene el propósito de criticar a Renfe (ya lo han hecho -y con razón- los pasajeros). La idea que me guía al escribir estas líneas apunta hacia ese Plan Galicia que algunos se empeñan en diluir en nebulosas retóricas y que es una conquista irrenunciable. Imagínense el recorrido de referencia en una vía similar a la del AVE Madrid-Sevilla. Estaríamos hablando de unas pocas horas. Incluso si pensamos en la variante Galicia-Madrid-Barcelona, seguiríamos hablando de pocas horas. Por todo esto -porque las cosas son así- no se puede jugar con un plan que, de no cumplirse, nos situará cada vez más lejos del punto de destino. Y cada vez más cerca de pasar una madrugada en el pueblo leonés de Palanquinos, de apenas trescientos habitantes.