Siempre despreciados

| VÍCTOR MORO |

OPINIÓN

EL PUEBLO GALLEGO ocupado en resolver su difícil situación colectiva, contempla indiferente y hastiado la algarabía de los partidos políticos nacionales con implantación en Galicia, enfrentados en despilfarro mediático para culpar al adversario de los sucesivos agravios, marginaciones, indiferencia y hasta desprecio de los distintos gobiernos centrales. Según el color del Gobierno en Madrid, su contrincante gallego se aplica en denunciar el abandono de nuestra comunidad, al tiempo que ensalzan, en hipócrita alabanza, las excelencias del Gobierno amigo . Y, hasta ahora, todos han tenido el mismo comportamiento y ninguno, ni antes ni ahora, abordó los problemas sociales y económicos de Galicia en la medida de nuestro atraso. La solidaridad constitucional con Galicia brilla por su ausencia. Sin necesidad de relatar agravios históricos me referiré al momento actual. Y quien leyere tenga la seguridad de que estas líneas carecen de intencionalidad partidaria alguna. Sólo pretenden avivar conciencias, provocar una profunda reflexión sobre la grave situación de Galicia, pues Galicia no va bien y aun puede ir peor ante el horizonte de insolidaridad que se avecina. Eludo el relatorio de marginaciones y desplantes, porque quiero creer que Galicia ya no está sumida en el lamento conformista. En esta tarea, Santiago Rey, desde La Voz, viene denunciando en distintos foros los agravios que padecemos mientras que, lamentablemente, otros medios de la comunidad se mantienen en anodina tarea informativa, eludiendo cualquier línea de opinión , crítica o laudatoria, la que sea, propia de todo medio que se precie. Galicia está desconcertada contemplando como su economía no converge; como su juventud, hoy mejor preparada que nunca, emigra por falta de ocupación; como sus infraestructuras chocan con una burocracia desesperante; como su agricultura no alcanza el desarrollo conveniente y como su industria, sin infraestructuras de comunicación y sin asentamientos adecuados, no puede competir ni prosperar. Cuando deciden la autovía desde Madrid hacia el noroeste, ésta muere en Benavente con la anuencia de todos los partidos. Nadie se acuerda del aislamiento gallego. Cuando el paso del tiempo denuncia tan escandalosa marginación, el Gobierno central, por fin, asume las demandas del gallego. Pero pasan los años y todos juegan políticamente reclamando del contrario una fecha de conclusión que nadie compromete cuando gobierna, mientras la reclama sin rubor desde la oposición. Todos los planes de industrialización o de reconversión en Galicia han fracasado. Y tuvimos que sufrir la catástrofe del Prestige para alumbrar el Plan Galicia en un gesto oportunista de reparación que ahora se arrojan unos a otros, jugando con Galicia, con su futuro, como si fuera un muñeco de trapo, mientras una comisión de investigación trata de hurgar en la tragedia en vez de prevenir futuros incidentes y reclamar con urgencia la dotación de medios adecuados. El tren entre A Coruña y Vigo, con el trazado y radio de vía previsto, no nos engañemos, no será nunca de alta velocidad . El recorrido entre Ourense y Sanabria permanece sin definir ni en tiempo ni en sus características constructivas. Este difícil trayecto en solución de alta velocidad - aviso a navegantes- requiere menos túneles y viaductos que los construidos en el trayecto Madrid-Barcelona. Tampoco existe concreción sobre el entronque del AVE portugués que, como ocurrió con la autopista, se presentará en Tui sin haber definido su entrada en Vigo ni tampoco su prolongación a Ourense, trayecto en constante indefinición para decidir finalmente el peor. La autovía del Cantábrico avanza muy lentamente. Las comunicaciones interiores entre Santiago, Lugo y Ourense tampoco prosperan. Si existiera voluntad política urgirían los estudios de impacto ambiental, proyectos, presupuestos y licitaciones. No cabe justificar retrasos por simples trabajos administrativos. El puerto exterior de A Coruña no cuenta por el momento con financiación de la UE mientras otros coetáneos ya la disfrutan. El puerto de Vigo se debate entre la propia incapacidad local y la falta de colaboración de otros departamentos centrales y de sus instituciones dependientes. Galicia no puede beneficiarse del tráfico marítimo que bordea su litoral por falta de equipamientos y enlaces ferroviarios y por carretera, pues un puerto no es más que el nexo entre vías marítimas y terrestres. Si al nuevo puerto exterior de Ferrol o de A Coruña se les regatea carretera y ferrocarril, su utilidad y rentabilidad será deficiente. No serán competitivos. Lo mismo ocurre con Vigo que, convenientemente enlazado, sería el puerto complementario del norte portugués. Todos los aeropuertos gallegos crecen, a pesar de recortes horarios y limitaciones de tráficos. Nuestras carencias de suelo industrial, precisamente en aquellas áreas de mayor demanda, constituyen otro factor que limita el desarrollo, ausentes de una auténtica política de formación, promoción y atracción de empresas. En contra de la opinión oficial siempre sostuve que nuestro crecimiento no era para echar las campanas al vuelo. Tan es así que acaban de anunciar que, a pesar de los efectos estadísticos perversos derivados de la ampliación, Galicia seguirá calificada como región objetivo 1. No cabe reconocimiento más palpable y evidente de nuestro atraso comparativo cuando se anuncian inminentes elecciones autonómicas. Nuestro PIB sigue por bajo del 75% de la UE aun después de la incorporación de todos los países subdesarrollados del Este. Galicia irá nuevamente a las urnas abrumada con promesas hasta ahora siempre incumplidas. No podemos ser nuevamente burlados. Cada partido deberá establecer en sus programas compromisos concretos, detallados y evaluados con fechas de cumplimiento. Todo lo que no sea así será engañarnos nuevamente ante un escenario que amenaza con la insolidaridad y el trato desigual entre las distintas comunidades autónomas. Hoy ya no se esgrime el hecho diferencial de lengua y cultura. Ahora se trata de obtener más recursos, o sea, lisa y llanamente, más dinero. La amenaza de las balanzas fiscales, considerando el impuesto como propio de la comunidad que lo ingresa, sin tener en cuenta su traslación y repercusión final, es decir, quién lo ha soportado, ni tampoco los distintos niveles de desarrollo regional en España consecuencia de una férrea política proteccionista en un mercado cautivo, puede desembocar en una escandalosa insolidaridad, a todas luces anticonstitucional. Otras situaciones económicas y fiscales derivadas de conciertos y pactos forales hoy no tienen justificación moral en cuanto privilegio que determinen tratos desiguales entre territorios. La armonización económico-fiscal en la UE apunta en la misma dirección. Son muchas las amenazas que se ciernen sobre Galicia. No creo que los gallegos hayamos interiorizado tanto agravio y marginación. Me resisto a admitir que, como los personajes de Huxley, hayamos nacido genéticamente condicionados para aceptar como algo natural el estigma del abandono, del desprecio y del atraso. Ante las urnas inminentes, el pueblo gallego tiene la palabra. Después no nos quejemos.