LOS CHINOS también tienen derecho a comer, a trabajar y a desarrollarse. Por lo que no deberían pasar es por el capitalismo salvaje que les obliga a trabajar de sol a sol, los siete días de la semana, los 365 días del año. Aquí hubo siglo y medio de lucha de clases, hasta que se instauró la sociedad del bienestar, los horarios y los salarios dignos. Este es el fallo de la globalización: elimina fronteras para el capital y el comercio, pero no para los derechos laborales. Si la OIT (Organización Internacional del Trabajo) tuviese el mismo poder que la OMC (Organización Mundial de Comercio) no estaríamos cerrando talleres textiles en Ribeira o en Taboadela por la competencia asiática. Los aranceles no son la solución para que una camiseta china cueste lo mismo que una de Verín.