AUNQUE NO SABÍA que Bush iba a ganar las elecciones, les diré, con toda sinceridad, que lo temía. Y, dado que el miedo nos da mejor información que las encuestas, recibí la rendición de Kerry sin llevarme ninguna sorpresa. Vistos los resultados provisionales de Ohio, no era necesario un avión cargado de abogados para llegar a la conclusión de que el belicismo y el unilateralismo de Bush habían convencido a los votantes americanos, sin que esta vez nos haya quedado el pobre consuelo de haber ganado en votos, como sucedió con Al Gore. Ello no obstante, a pesar de haber barruntado lo que iba a suceder, me cuidaré muy mucho de banalizar estos comicios y las consecuencias de la derrota, ya que estoy convencido de que Bush camina por la historia hacia el pasado, y de que no es ninguna garantía el tener al frente de la primera potencia mundial a un hombre al que le gusta la guerra como comer con los dedos, y que está convencido de que el Dios de Israel -¡nunca mejor dicho!- siente especial predilección por su país, por el petróleo que consume su país y por las armas que fabrica y usa su país. Invocando la América profunda cuando les conviene, y recordando su alto nivel científico y cultural cuando les va bien otra imagen, los americanos se han acostumbrado a un conservadurismo autista que, además de encontrar amplia comprensión en los ámbitos internacionales, les sale gratis. Porque, a pesar de que en su visión del mundo han incluido el unilateralismo y el belicismo de su política internacional, la pena de muerte servida a la carta para negros y chicanos, una política social injusta, el boicot a todo lo que huele a pluralismo y orden internacional, y una auténtica chulería en sus relaciones con los aliados, nadie se atreve a cuestionar sus maniobras sin antes deshacerse en elogios y sumisas indulgencias a un pueblo al que le mola cantidad la política de Bush. Pero como no hay mal que por bien no venga, es posible que Europa empiece a pensar que este tipo de liderazgo no es sostenible, que no se puede tener un gendarme internacional que forma parte del problema, que es posible competir con un dólar esencialmente militarizado, que hay otros países avanzados, y que, igual que le sucedía al sol de Zaratustra, ninguna luz tiene sentido sin el concurso de aquéllos a los que ilumina. Por más que nos pese, Bush ha ganado. Pero creo firmemente que sus modos imperiales marcan el fin de una época. Siempre que Europa quiera. Siempre que no aceptemos ser gobernados por caballos de Troya . Y siempre que digamos sí a una Constitución que puede equilibrar los poderes del mundo. Porque si seguimos como estamos, Bush y América tendrán toda la razón.