NUNCA un nombre se ajustó tanto a la naturaleza de los habitantes de un país como el de Sudán, plural de la palabra árabe Asuad , que quiere decir «negro». Fueron los árabes, durante la fase expansionista del Islam, los que bautizaron así a un amplio territorio cuya población, con la piel del color del ébano, constituyó el bastión de su fe en el vecino continente africano hasta la colonización británica. Desde su independencia en 1956, Sudán ha vivido sumido en un caos bélico con un único intervalo de paz de once años. La última y actual guerra fraticida enfrenta a la mayoría musulmana del norte con las minorías cristianas y animistas del sur por negarse, estos últimos, a que el Gobierno se apodere de sus fértiles tierras y abundantes recursos petrolíferos, hídricos y mineros. Esta lucha ha provocado una terrible crisis humanitaria por el desplazamiento forzoso de más de un millón de personas. Los campamentos de refugiados controlados por mercenarios del presidente Bashir someten a las mujeres, niños y ancianos a un férreo control que les priva, incluso, de cualquier alimento. Como consecuencia de ello, y por si fuera poco haber perdido a los varones de sus familias, las mujeres se ven obligadas a salir de los campamentos en busca de comida y leña, arriesgándose al terrible castigo de los vigilantes, quienes, a su regreso, las apalean y violan sin piedad. Ha sido necesaria la denuncia de las organizaciones internacionales para que el mundo comience a actuar, no sólo presionando al presidente Bashir sino enviando ayuda humanitaria a la zona. Sin embargo, la demora de la reacción y la entrada en la estación de las lluvias hacen imposible que el socorro evite una masacre sin precedentes. Una vez más, un país africano sufre las consecuencias de la desastrosa intervención occidental, que no sólo rompió su estructura tribal primitiva, forzándolo a adoptar un concepto de nación que le es totalmente ajeno, sino que, perdido el interés, ha permitido que Arabia Saudita financiara impunemente al Gobierno fanático de Jartum. Pero, claro, ¡sólo es tierra de negros!